Con esta gente de mi generación con la que comparto una que otra circunstancia, entre ellas, la de seguir viviendo con los papás, un hecho imposible de matizar, me he dado cuenta cuando hablamos, de que lo que avergüenza no es compartir casa con ese par de sujetos a los que uno ama más que a ninguna otra persona en el mundo, ni el cuento de la privacidad disminuida, porque en últimas el trabajo lo mantiene a uno por fuera de la casa la mayor parte del día, tampoco la mentira de que a los 35 años uno ya tiene que estar levantando a dos peladitos o graduado de un doctorado, el problema de seguir viviendo con los papás con más de treinta años encima es saberse un infante, un bebé sin pañal, porque lo que lo convierte a uno en adulto es el sueldo y no la cédula o la carrera u oficio y con las miserias que ganamos somos eternos niños, unos muchachitos idiotas sin casa y sin pensión y sin finca.
Yo le decía en estos días a al dueño del bar al que voy que una señora le decía a su hija o nieta, no sé qué sería, que tuviera cuidado con la bicicleta porque de pronto podía golpear al señor y el señor era yo. Yo un pobre marica que se gana un mínimo, cómo voy a ser un señor, estoy viejo, pero no tengo sueldo de señor, no soy un adulto en el sistema, soy un parásito, un desastre profesional, un fallo. El dueño del bar decía que sí, que a veces él también se aburría porque las ventas se ponían duras y se veía a gatas, pero que él no le daba tanta mente a eso, aunque la ventaja de él es que no está apestado como yo, él no quiere ser novelista. Y es que yo, además de saber que lo que gano no me alcanza, sé que tampoco me alcanzan ni el talento ni la fortuna.
Lo cierto es que con la última Nissan Frontier y una propiedad en Guatape y vacaciones en Europa seguir viendo con el papá y la mamá no representaría a la vista de ninguno un problema. De hecho, hasta dirían, como viven de bueno esos cuchos, se la pasan de paseo con el hijo; dirían también, ese muchacho quiere mucho a esos viejos, él se ve en ellos, no sabe sino darles gustos. Lo malo de vivir con los papás es que uno viva con ellos estando pelado, arañando migajas para pagar el recibo de la luz o pagar el arreglo de la nevera.
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