Después de leer mi primer libro, mi papá y mi mamá estuvieron de acuerdo en que mi futuro iba por otro lugar, uno muy alejado de la narración y el ejercicio infructífero de querer juntar palabras. Papá decía que lo mejor era que me dedicara a la docencia, que eso era lo que estaba estudiando; esos profesores viven bien, decía él. Mi mamá, por su parte, creía que si yo quería escribir, entonces tenía que dejar de lado esos cuentos tontos y dedicarme a asuntos más edificantes, temas más positivos y que tuvieran un mensaje; lo que tenía que escribir eran consejos para la vida, así como hacía el padre Alberto Lineros.
En ese momento, todo eran apenas sugerencias, nada que los preocupara en serio. Todavía tenía menos de 25 años y todavía me quedaba tiempo para reaccionar. Cuando llegó el segundo libro y yo ya estaba en los 30, las sugerencias fueron sustituidas por alarmas. Era el colmo que yo siguiera soltero y sin carro, sin moto, sin pasaporte, sin préstamo en el banco, sin novia, sin perro y sin divorcio, y que lo único que tuviera para mostrar fueran esos dos libros. La situación requería medidas urgentes, y así fue como empecé a ver al psicólogo. Mi mamá pagó la primera cita, porque lo mío no era normal, decía ella. Lo mío era grave, yo estaba enfermo y eso de querer ser escritor tenía que ser un trastorno extraño. De pronto me hacía falta terapia y medicación, porque ella conocía a mucha gente, pero ninguna con que estuviera embobada con eso de querer escribir.
Antes de salir de la casa para esa primera cita, mamá me dijo que si con la sicóloga no me arreglaban, ella también conocía a una bruja muy buena en caso de que me estuvieran trabajando.
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