miércoles, 2 de agosto de 2023

Irse, quedando - 27

Mi hermana compró los pasajes con cinco meses de anticipación y solo puso al tanto a la familia. Empezó a organizar su partida, que también era la de sus hijos.

Chequeos médicos, visitas al odontólogo, papeleo en el colegio. Todo eso sin decir, es que nos vamos a ir, es que ya vamos saliendo, es que mi marido nos espera en otro continente.

Así lo hizo también mi cuñado, que se lo comunicó a su papá y a su mamá una noche antes de irse, justo así, que ya se iba, que un amigo suyo lo esperaba y que iba a trabajar en construcción mientras se acomodaba.

Cuando algún vecino preguntaba por mi cuñado, que hacía días no lo veía, mi hermana no mentía, pero tampoco decía la verdad, respondía que por ahí estaba, en el trabajo, que lo tenía muy ocupado, en efecto era así, el tipo estaba quebrándose la espalda, pero en otro lugar, lugar que ella no detallaba, porque eso no era algo que les importara, decía mi hermana.

Ese hermetismo al que ella le dio tanta importancia a mí me parecía su escudo protector, se iba, pero si a los meses tenía que volver, derrotada, por lo menos tenía el consuelo de decir que no había dado la lora, ni celebrado antes de tiempo, su plan B vivía en la discreción.

Por eso compró las maletas esa misma semana en la que se fue y las dejó en el carro y las sacó por la noche cuando ya no hubiera ningún vecino por ahí levantado que la viera bajarlas y empacó y las guardó también en el carro en la madrugada.

Contado así pareciera que se fue a escondidas y no asustada, como de verdad iba, llena de nervios.

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