Que tantas amistades mías se estuvieran yendo para el extranjero me pareció en algún momento una ventaja, una situación a la que podía sacarle provecho.
Agarré una libreta y apunté nombres y nuevos lugares de residencia y saqué cuentas y concluí que cada uno de los que me anunciaba que estaba a punto de subirse a un avión que lo sacara de este país, se podía llevar en la maleta un par de libros míos, 46 libros de mi autoría rondando por el mundo, la autopublicación cruzando fronteras.
El proceder era muy simple, esas amistades mías que llegaban a España, Italia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Brasil, Chile, México, Ecuador y Argentina, solo tenía que llevarse el libro y dejarlo abandonado por ahí, así como quien se olvida el paraguas o la gorra o el poncho, en un café concurrido, un centro comercial, un museo, un bus, el metro, el cine, cualquier lugar donde se pueda creer a simple vista que ese libro puede encontrar un lector, no más que eso, no se trataba tampoco de comprometer o incomodar a mis amistades.
Después de eso y si la fortuna lo quería, mi correo electrónico iba a empezar a recibir mensajes de lectores que tal vez albergaran alguna curiosidad que quisieran aclarar.
O tal vez si la fortuna era mayor, uno de esos libros podía caer en las manos de una celebridad de las redes sociales que hiciera una fotografía que me pudiera convertir en un autor marginal con un seguidor extranjero.
Pensaba eso porque algunas bandas independientes de mediados de los 2000 solían dejar abandonadas memorias USB o uno que otro CD sin marcar con dos o tres canciones nuevas que se iban dando a conocer de a poco entre la gente.
Yo ya había probado ese método en el pueblo y el resultado fue el mismo que se podría obtener arrojando los libros a la basura, pero como uno acá cree que los extranjeros son mejores, de pronto por allá podía funcionar.
Mi hermana se llevó tres libros, mi cuñado apenas uno, Fernando cuatro, Julia y Raúl ninguno porque se fueron sin despedirse. En total y hasta el momento hay diez libros míos en tres continentes y todavía no me ha llegado el primer correo. En la casa me dicen que si hubiera salido adicto a las apuestas perdería menos plata y yo hasta les creo.
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