jueves, 17 de agosto de 2023

Irse, quedando -43

El otro vecino, allá en la vereda, era Arley, un hare krishna joven que tenía menos de 30 años y vivía solo. No era originario de la vereda, sus padres tampoco lo eran, y no tenía familia en el pueblo. Él decía que venía de Manizales y que estaba allí porque necesitaba conectarse con la naturaleza.

Los chismosos afirmaban que se ocultaba de un hombre que lo buscaba para joderlo porque supuestamente le había embarazado a una hija. No puedo confirmar la veracidad de esa declaración, pero en el ambiente que rodeaba a Arley, eso era lo que se comentaba.

Gracias a este vecino, comencé a adentrarme en un mundo diverso de muchas formas y, de alguna manera, dejé atrás mi mentalidad provinciana propia de una vereda en las montañas. Incluso cuando estuve en Tuluá, una ciudad cercana a las capitales, me costó encontrar a personas con tantas características novedosas como las que presentaba él. Arley fue el primer mariguanero que conocí, el primer hare Krishna, de hecho, después de él, no he vuelto a conocer a ninguno. Antes de conocerlo, nunca había oído la palabra "mantra", y él fue el primer vegetariano que conocí, además de ser el primer autodenominado pacifista con el que tuve una conversación.

Él solo comía y fumaba lo que cultivaba, y por las noches se encerraba en su casa para tocar un tambor y recitar palabras extrañas que decía eran mantras. Poseía una bicicleta y solía ir desde Marquetalia hasta el páramo de Letras. También fue el primer ciclista aficionado al que conocí que afirmaba subir ese mítico puerto de montaña con facilidad. Parecía feliz, al menos desde mi perspectiva, como un espectador. Sin embargo, un día desapareció sin previo aviso. Anocheció tocando su tambor y recitando sus palabras, y a la mañana siguiente ya no estaba. Nunca regresó.

En ese momento, me pregunté por qué cambiar algo que funcionaba tan bien, y esa pregunta me atormentó durante mucho tiempo. Ahora, comprendo que aunque parecía estar bien desde el exterior, en su interior tal vez no lo estaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...