martes, 15 de agosto de 2023

Irse, quedando - 38

Así como tener casa propia o comprar un carro son sueños que ordenan las prioridades y absorben la energía de miles de personas en mi pueblo, irse de aquí y del país también es una ilusión común entre muchos. A Carmen la conocí en el colegio, estábamos en noveno y desde entonces su ambición más grande era vivir en Londres. No quería ir de paseo, no tenía curiosidad de turista, ni pensaba en el cambio de la moneda, ella lo que quería era corregir ese capricho de la naturaleza que tanto la ofendía, combatir la arbitrariedad reinante que la había parido lejos del suelo británico.

Carmen fue la única de mi salón de clases que obtuvo un buen puntaje en inglés cuando presentamos el examen de estado. Entró con facilidad a la facultad de educación y se licenció en lenguas extranjeras. También aprendió francés y alemán, pero conocer esos idiomas no la desvió de su objetivo; el destino era Londres y no París. Tenía 23 años recién cumplidos cuando por fin pudo irse. A diferencia de tantos que se van, ella no tenía ni amigos, ni conocidos, ni familia viviendo allá, y eso tampoco representó ningún inconveniente. Se fue y ha pasado más de una década sin que ella haya venido ni una sola vez. No vino cuando murieron sus abuelos, no conoce a sus sobrinos, y la mamá dice que no piensa volver. Ella la ha visitado dos o tres veces, la última vez estuvo como dos meses allá.

Con ella le mandé un libro, el segundo. Me contactó por correo hace poco, me escribió que esa novela era una mierda intraducible. No sé si eso sea bueno o malo, pero eso fue lo que me escribió, además de desearme lo mejor y ofrecerme su hogar si algún día decidía viajar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...