Salimos de la vereda del oriente de Caldas porque así lo decidieron mis padres. Pagaban muy poquito por una carga de café y los grupos armados con sus presiones, extorsiones y asesinatos terminaron definiendo nuestra partida.
Estando en Tuluá, yo quería estar volviendo de paseo cada seis meses a la vereda y al pueblo para visitar a la familia y a los amigos y rápidamente, tal vez en la tercera visita, me di cuenta de que no tenía sentido volver con esa frecuencia, que algo había cambiado, que ya y aunque yo quisiera no vivía allá, que la cotidianidad de ellos no era la mía. Mis amigos me parecían distintos y yo me sentía fuera de lugar.
Empecinarse en volver o mantener una cercanía con ese lugar abandonado hace parte del proceso, lidiar con eso es aceptar lentamente que el lugar que le pertenece a uno es ese en el que está.
Raúl me dijo que recién llegado a Europa volvió al radio y se dedicó solo a oír emisoras colombianas, en la casa y en el trabajo estaba con emisoras de acá y que muchas veces en las conversaciones con los locales se daba cuenta de que no estaba enterado de lo que le correspondía, no sabía ni a qué partido pertenecía el presidente del país en el que vivían o que estaban discutiendo en el congreso ni con quién se había acostado la cantante de moda y así de a poco fue abandonando a Colombia, aceptando que ya no vivía acá.
Todavía voy a Caldas y disfruto estar allá, pero me comporto como un turista, pasados más de veinte años la gente a la que veo ya no es la que recuerdo de mi niñez, muchos se fueron y otros aparecieron, mi familia me habla de algunos y ya hasta esa charla es incómoda porque me mencionan a gente de la que ya me olvidé. Todavía sé que soy de allá, pero también sé que ya no lo soy. Eso me resulta curioso y lo comentó como mi hermana que ahora será de una vereda en Caldas y será de Tuluá y será colombiana y también será un sudaca en una isla de Europa.
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