Ningún lugar, por llevado del putas que esté, se queda desocupado del todo. Alguno permanece; otro habrá de resistirse a salir. Los pueblos fantasmas son fantasmas justo porque alguien se quedó para explicar cómo el pueblo pasó a ser eso que es: un conjunto de calles tomadas por la soledad.
Se van los más aventurados, los más aburridos, los más inquietos, los hambrientos de aventura y eso que dicen que igual nada pierden porque nada tienen.
Luego está la despedida, y esos que se quedan se acostumbran a ellas, las van acumulando en su interior y casi que las van facilitando. La primera despedida, esa es la que duele; las otras ya se tornan más ligeras.
Antes de despedirme de mi hermana y mis sobrinos y de lamentar que Julia y Raúl se fueran sin despedirse, me despedí de una novia de la universidad; esa fue mi primera despedida.
Recién habíamos cumplido veinte años, llevábamos seis meses de novios y estudiábamos carreras distintas. Un día, ella me dijo que se iba de intercambio a Berlín, que iba a ser solo un año. Dijo que no teníamos que terminar, que podíamos seguir hablando por celular, por videollamada y por WhatsApp, y que todo iba a estar bien. Yo, como un hijo de esta generación, entendí que primero estaba su crecimiento y su aprendizaje, y que un año era poco, y que ella no podía renunciar a sus sueños. También, como un romántico formado por las baladas y los boleros, que creía que el amor real lo soporta todo, acepté la situación con optimismo.
Llegó el día, y ella se fue, y yo no la acompañé al aeropuerto, lloré y estuve pendiente del vuelo. Hablamos apenas llegó y seguimos hablando como ella lo había dicho. Pero apenas tres o cuatro semanas después de que empezara con las clases de alemán y no sé qué otros temas de los que estudian los arquitectos, empezó a decir que estaba muy ocupada. Luego, lo que yo escribía por WhatsApp lo respondía apenas con un emoji, y después respondía con otro emoji, pero con muchas horas de diferencia entre lo que escribía yo y lo que respondía ella. Y que tenía que entender, porque era el horario. Así, yo fui entendiendo que era una tontería jugar a tener una novia en Berlín, y no le volví a escribir.
Un día me escribió al correo electrónico contándome que se iba a quedar a vivir allá y que se iba a casar. Así finalizaba el romance universitario, la historia con mi primera novia de verdad con la que había hecho planes de vida. Ridículo.
Después de eso me quedó un miedo todo raro. Cuando le escribo a alguien y se tarda en responder o me responde apenas con un emoji, creo que se va a casar o ya se casó con un alemán.
Eso incluso se volvió un chiste, una parte de ese léxico privado entre amigos cercanos que uno construye durante los años de intercambio permanente con la misma gente. Cuando me demoro en responderle a Raúl, me pregunta justo eso, que si ya me casé con un alemán. Luego nos reímos y explico el porqué de mis silencios.
La gente que se va cree o se ilusiona con eso de que va a mantener la comunicación con los que se quedan. Supongo que esa ruptura con lo que dejan atrás se da de manera tan orgánica que ni se enteran. Lo que se quedan seguro sí se enteran del enfriamiento de esas charlas, pero igual como siguen insertados en su cotidianidad, lidiando con sus problemas de siempre, tampoco se hacen mucho lío y dejan que pase. Saben qué pasa.
La comunicación incluso se enfría a veces con gente que ni siquiera se fue, gente que uno empieza a ver con menos frecuencia y con la que las charlas por WhatsApp son un mero intercambio de emojis desabrido. Y así, esa gente también se va, aunque solo sea del corazón de uno. Es así, de pronto la gente se va casando con alemanes.
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