Al igual que yo, su apellido y nombre estaba apuntando con lapicero al final de la lista de asistencia impresa que cargaban los profesores. No desentonábamos del todo en ese lugar porque mi apellido empezaba por T y por V el suyo.
En ese momento sentimos que teníamos todo en común él y yo, ambos éramos nuevos, ninguno de los dos conocía a nadie en ese salón de clase y tampoco en el patio a la hora del descanso, así que nos juntamos y hablamos y pasamos el tiempo juntos, hicimos las primeras tareas juntos y nos pusimos al día con los temas en que estábamos atrasados por entrar unas cuantas semanas después de iniciado el año electivo, mientras tanto y la vista de los otros, según me di cuenta luego, parecía que veníamos de la misma parte y nos conocíamos de siempre.
Yo venía del oriente de Caldas y él venía de Neiva, él venía de una ciudad y yo de una finca en la montaña, al principio eso no hacía la diferencia, pero con el paso de los días sí la hizo, me di cuenta de que él sabía mucho más que yo de la vida, a eso ahora lo llaman capital cultural, él lo tenía y yo no. Supe eso porque él encajó muy pronto en el salón de clases y en el patio a la hora del descanso y yo, por el contrario, me pase ese año más bien solo porque ya no funcionábamos juntos y lo que teníamos en común ya se había acabado.
Mi problema es que hacer amistades o relacionarme con los otros me tomaba más tiempo que a él, así que muy pronto me quede más bien solo, por decirlo de alguna manera.
Mientras el otro nuevo ya tenía amigos y se había hecho un lugar, yo seguía haciéndolos y buscándome el lugar, yo de cierta forma seguía sintiéndome rechazado, pesa la adolescencia, pero eso lo entiende uno luego.
No estuvo bueno ese tiempo, durante ese año cada día yo deseé volver al oriente de Caldas, durante esos días me resistí al cambio y me sentí perdido, luego, puede decir que me adapte, pero hicieron falta meses.
El otro muchacho nuevo, decía cada que podía, que en Neiva él estudiaba en el INEM, y que el INEM era el mismo colegio en el que estudiaban los de la novela de Francisco el matemático en Bogotá, ese comentario parecía resultar muy efectivo entre los otros, eso ya hacía del pelao alguien más interesante, para qué, pero se daba maña, tenía carisma. Yo no tenía ni idea de Francisco el matemático porque en la finca donde vivía solo se cogía un canal de televisión y en ese no pasaban esa telenovela, aunque yo no decía eso, yo hacía como si también me pareciera un dato importante.
Dejamos de tener cualquier relación cercana ese muchacho y yo cuando él dio su salto a la fama y en una izada de bandera improviso un rap, ahí resultó que el muchacho además de todo tenía talento artístico y quería ser un cantante urbano y yo ni sabía que era el reguetón porque en el colegio de la vereda cantábamos era las de Darío Gómez y Garzón y Collazos.
A veces le digo a mamá para molestarla que si me hubiera dejado tranquilo en esa vereda y no hubiéramos hecho ese cambio, si no nos hubiéramos ido tal vez yo a estas alturas sería un caficultor cualquiera con una esposa y un par de hijos, estaría dedicado a algo honesto que no avergüenza a nadie en lugar de ser un licenciado que vive con los papás y quiere escribir novelas que no es capaz de vender.
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