lunes, 14 de agosto de 2023

Irse, quedando -37

A Nacho, le tenía sin cuidado saber algo de sus vecinos. Se había adentrado en la montaña y abandonado la vida al borde de la carretera, justo para estar solo y no ver a nadie de cerca. Pero a mí, que era su vecino, sí me interesaba él y me interesaban los otros también. Los veía todo el tiempo y me generaban curiosidad.

El cazador tenía seis perros, cuatro de esos de orejas largas que llamábamos perros finos y que ahora, de adulto, un amigo veterinario me explicó que el nombre real de ese tipo de perro es 'sabueso fino colombiano'. Los otros eran perros criollos, y con ellos y una escopeta al hombro, el señor se metía entre los montes muy temprano en la mañana y aparecía por la noche o al otro día con gurres, guatines, guaguas y perezosos muertos que, según me había explicado mi papá, mi vecino vendía en el pueblo. Le decían a todo eso 'carne de monte', y la pagaban muy bien. De eso vivía el cazador, de matar y vender a esos animales y de sembrar una que otra mata de café en su huerta.

El cazador siempre oía Radio Recuerdos, una emisora que ponía música de carrilera muy vieja todo el día. El cazador le hacía a sus perros sopa de hueso de vaca con pastas, y cuando uno pasaba por la casa de él a la hora del almuerzo, los seis perros y el señor estaban todos comiendo de la misma sopa. He visto después de mi vecino a mucha gente que dice amar a sus perros, pero a ninguno que se siente a comer la misma sopa de hueso lavado con pasta y sin color.

El problema con el cazador es que un día aparecieron unos señores de una corporación ambiental a decir que no se podía cazar y que los animales estaban en peligro de extinción y que comercializar fauna silvestre era delito. Al cazador le tocó echarse a perder para que no lo encerraran. Si esa gente no hubiera aparecido, ese señor se queda en esa vereda toda su vida. Ahí se hubiera vuelto viejo con sus perros, haciendo lo que le gustaba, aunque no se pudiera, aunque lo correcto era eso, irse y dedicarse a otra cosa.

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