Además de Nacho, tuve otros dos vecinos que me resultaban muy curiosos. No sé qué posibilidad existe de que una persona conozca a gente así en una vereda entre las cordilleras, pero en mi caso, allá estaban. Además del viejo casi ermitaño, un cazador y un hare krishna, y un cachetón que, pasados los años, iba a dejarse llevar por el arrebato de ser, dizque, novelista, como si fuera el hijo de una científica caucana o el hijo de un médico paisa o el descendiente adinerado de una familia cualquiera de esas donde hay herencias, o sea, yo.
Hoy me parece que si me decidiera por fin a usar el pasaporte, no encontraría en el mundo un lugar en las montañas en el que vivan al mismo tiempo tres hombres como esos. Si además de eso quisiera encontrar también a un niño que los observe sin saber que luego va a querer escribir sobre ellos, sería todavía más difícil.
Y en caso de que los encontrara, ¿qué haría yo? ¿Me quedaría ahí a vivir cerca de ellos para observarlos de lejos?
Aunque sería muy complicado tener que perderme lo que van a decir los que se quedan al enterarse de que me fui y estoy viviendo en Estonia, porque solo allá pude encontrarme con un casi ermitaño, un cazador, un hare krishna y un cachetón que los mira, y que yo lo miro mirarlos, y los miro a ellos porque me recuerdan mi infancia.
Y que no mando plata para que mi papá y mi mamá le levanten un tercer piso a la casa, porque ya estaba sabido desde siempre que yo era un mal hijo, flojo y más bien aturdido.
Es difícil eso de no poder estar en todas partes al mismo tiempo y tener que decidir dónde estar y qué abandonar, qué dejar atrás.
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