Los niños son diferentes en cada época y los actuales parecen divertirse más con los videojuegos que con los carros y los muñecos de Superman. Mis sobrinos sabían que iban a tener sus videojuegos porque el papá ya les había mostrado la consola por videollamada y no importa el lugar del mundo en el que una persona esté Fifa y Fornite se juegan igual. Eso me parecía bueno, los niños ya llevaban sus pies puestos sobre una certeza.
Pese a eso mis sobrinos tenían sus juguetes y cuando llegó el momento de empacar las maletas para viajar tuvieron que detenerse frente a ellos y elegir los dos o tres que se podían llevar, me sorprendió ver la indecisión, elegían uno y luego otro y luego los devolvían al estante o al baúl y cogían otro y lo miraban y así se les fue un rato hasta que por fin estuvieron seguros de los que se llevaban y le daban la espalda a los que se quedaban empacados en cajas para regalarlos en un jardín infantil.
No sé si mis sobrinos jugarán con esos juguetes que se llevaron allá en su nueva casa, o si lamentarán la decisión, de llevarse esos y no otros, pero sé que al parecer me costó más a mí entregar esas cajas al jardín y desprenderme de esa parte de la vida de ellos, de esa parte de la vida mía.
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