martes, 29 de agosto de 2023

irse, quedando -54

Julia me contó que tiene novio. 

Dijo muy claro cuando se marchó que ella no iba a comprometerse con nadie en ninguna parte, que ella ya no quería más desilusiones y que vivir sin compromisos era mejor. 

Le dije que el sueño de toda mujer nacida en un país de economía podrida celebraba como un triunfo conseguirse un marido gringo o europeo. La teoría del neocolonialismo no aplica para la cuca, esa que la colonicen un emperador, si es posible. 

Según Julia, yo me iba a morir ordinario y patán y que por eso no me salían buenos los cuentos o las novelas y que ella no sabía que hacía yo con todo lo que leía. 

Como si leer novelas sirviera para algo. 

Uno que otro dice que sí, que leer novelas y cuentos sirve para reflexionar sobre la condición humana y para empatizar y para mirar de otro modo la realidad y a mí me parece que todo eso es mentira y que leer novela sirve tanto como cuidar matas de esas de interior que ni dan flor y a uno le gustan por las hojas y porque son de uno. 

Para mi sorpresa y como si Julia quisiera llevarme la contraría, me salió con que el novio no era ningún europeo, sino un venezolano.

Qué le vio de malo a los españoles, pues, fue lo primero que le pregunté a Julia, porque me parecía que desde las probabilidades, si uno estaba viviendo en España, la posibilidad de terminar metido con un español eran más. 

Julia me explicó que lo de las probabilidades no aplicaba así, que para ella era distinto porque estaba trabajando en Puente de Vallecas y que el hostal la mayoría de sus compañeros eran latinos. 

Acá también se hubiera podido conseguir un novio venezolano, fue lo que se me ocurrió decir y Julia me dijo que sí, pero que acá no quería estar más. No dije más. 

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