Con tanta gente yéndose, me surgió la necesidad de escribir una novela sobre el tema. Ya no quería seguir recomendando la novela de Gamboa; tenía que aprovechar la coyuntura y escribir algo, así, sin tomar distancia, como hacía Silva Romero. Quería crear mi propia novela sobre la gente cercana a mí que se iba, una reflexión sobre las despedidas.
La idea parecía ser ganadora, así que me senté a tomar notas. Tenía una visión clara: un personaje se quedaría en la ciudad en la que siempre había vivido mientras sus amigos, familiares y conocidos emigraban del país. Este personaje se convertiría, de alguna manera, en el guardián de los tesoros más preciados de aquellos que partían. En su casa, que no era pequeña, guardaría los discos de algunos, los libros de otros, las plantas y figuras de colección de algunos más. Personajes irían llegando con sus pertenencias a esa casa y se marcharían con la cabeza llena de sueños. Esa sería mi novela.
De hecho, ya la escribí. El problema es que mi padre insiste en que no vale la pena gastar dinero en publicar más libros, y Julia, una de mis lectoras habituales, sostiene que el texto necesita una reescritura. Aún no me he dado por vencido, y ahora que los podcasts están de moda, pienso que tal vez pueda convertirse en uno. Una de las ventajas de esta época es que podemos permitirnos fracasar y hacer el ridículo en muchos formatos creativos y exponerlos en múltiples plataformas.
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