Cuando uno tiene amigos que estudian humanidades termina leyendo libros que de otro modo tal vez no leería, en mi caso, el amigo mío que se fue para Argentina a estudiar sociología en la universidad de Buenos Aires y que ahora vende tiquetes en una terminal de transporte donde lo ayudó a cuadrar el papá, me prestó un libro que se llama Walden.
Un párrafo completo para decir que un amigo me presto un libro, es verdad que puede ser excesivo, pero no puedo decir que estoy entrando en detalles que no vienen al caso, porque si el amigo mío estuvo siete años en Buenos Aires trabajando de mensajero y mesero y jardinero para mantenerse allá y volverse con un título universitario lo mínimo para hacerle justicia a su aguante es decirlo cada que se presente la oportunidad. Además, el libro estaba editando en Argentina.
Leí como cuarenta y tres páginas y lo deje de lado porque lo que me gusta leer a mí son novelas, aunque más que eso me aburrió porque mientras lo leía no pensaba en el señor ese David Thoreau que lo había escrito, yo pensaba era en Nacho, el vecino mío de la infancia.
Ese señor no vivía en un bosque, pero vivía en una montaña y también cultiva su propia comida y comía carne si era capaz de sacarse un pescado de la cañadita que pasaba cerca de donde había armado su choza, además había renunciado al gas de pipa y la electricidad y al televisor y al radio y hasta al baño porque eso tampoco tenía. El inodoro se podía ver ahí al bordo de la carretera, en ese puesto donde antes había estado su casa. No volvió a salir al pueblo ni a tener una conversación prolongada, ese Nacho, el que yo tuve de vecino, estaba conectado con la naturaleza, no era esclavo de ningún capital y todavía mejor, a diferencia del escritor, Nacho no estaba jugando a los experimentos, ni iba a escribir un libro y ni siquiera había leído Walden, lo suyo era genuino y yo lo había tenido ahí al frente para observarlo y creer, en ese momento, que estaba loco.
Entonces me resulto impostado el libro de don David, así reflexionará mucho y mejor se lo devolví a mi amigo que al igual que yo nunca iba a tomar la decisión de vivir como Thoreau porque es más fácil renunciar a un riñón que al internet.
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