lunes, 28 de agosto de 2023

Irse, quedando -53

Así como de las ciudades mucha gente se va para otros países, mucha gente quiere dejar la zona rural para llegar a las ciudades, eso es algo que me quedó claro cuando hice el trabajo de grado en la universidad. 

Como cualquier mediocre que se gradúa de licenciado, lo que hice fue proponer un trabajo de investigación relacionado con la aplicación de nuevas herramientas pedagógicas en el aula, cualquier que lo quiera comprobar puede ir a la biblioteca de su universidad más cercana y preguntar por los trabajos de grado de los licenciados, todo hacemos el mismo, desde ahí dejamos claro que estamos por nada, si estuviéramos por algo hubiéramos hecho una ingeniería. 

El caso es que me recorrí los colegios rurales como de tres municipios haciendo encuestas y entrevistas y desarrollando actividades variadas con los estudiantes de noveno, décimo y once, todo como trabajo de campo para poderme graduar. 

Haciendo eso me di cuenta de que si esos pelaos tenía algún tipo de plan ese era irse. De cada cinco estudiantes con los que hablaba de los planes a futuro, cuatro me respondía que irse de esas fincas a trabajar en Bogotá o en Cali o en Medellín o en Tuluá si no se podía conseguir más, eso mientras les resultaba la oportunidad de cruzar el charco. 

Uno que otro hablaba de estudiar, pero esa no era la prioridad, lo primero era irse de la finca, evitar las tareas agrícolas como opción de vida. 

Antes mucha gente de la ciudad pegaba para las fincas en Chaqueta, Putumayo y Nariño a raspar hoja de coca, se iban seis meses y volvían con los bolsillos llenos, pero eso se acabó, ahora el monte no es una opción ni para los que lo habitan. 

Irse sí, pero para una capital o para el extranjero. Oyendo a esos pelaos pensé en mí y supuse que sí, que si yo hubiera cumplido 17 o 18 años en la vereda en la que crecí seguro también hubiera considerado irme. 

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