En mi capricho de escritor, estaba obligado a escribir un segundo libro de calidad, y ojalá, un tercero excelente. Esa iba a ser la única manera de poner un poco de tierra encima del desastre que resultó ser el primero. Para negarlo o redimirlo, como el típico arranque, el error necesario, la ópera prima ajustada a la ignorancia del momento, la ignorancia mía, claro está, tenía que conseguir un texto contundente y un corrector aventajado que me garantizara la calidad necesaria.
Ese primer libro, que a duras penas tenía lomo, era de cuentos cortos con los puntos y comas mal puestos, párrafos mal trabajados y finales deficientes. Ni siquiera fue registrado en la Cámara Nacional del Libro, lo que de alguna manera era un consuelo. Era como un individuo sin cédula, una maraña no identificada. De esas 100 copias impresas, vendí tal vez 25, y el resto se fueron regalados porque era mejor saber que estaba perdiendo dinero que ver esos libros en una caja, recordándome mi idiotez.
Cuando decidí que debía empezar a escribir el segundo libro, justo con el propósito de demostrar que sí tenía talento y que esos cuentos no podían ser lo único que hablara por mí, mi padre me dijo que nadie hacía negocios para perder, y que si uno perdía una vez en un negocio, debía buscar invertir en otro y no en el mismo. Sin embargo, como yo no estaba haciendo negocios, sino escribiendo, y el deseo de ser un novelista me hacía olvidar que en la vida no necesitas escribir una novela buena, sino ganar más de dos sueldos mínimos para poder comer y salir de vacaciones una vez al año, me lancé a escribir mi segundo libro.
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