jueves, 31 de agosto de 2023

Irse, quedando -58

Con esta gente de mi generación con la que comparto una que otra circunstancia, entre ellas, la de seguir viviendo con los papás, un hecho imposible de matizar, me he dado cuenta cuando hablamos, de que lo que avergüenza no es compartir casa con ese par de sujetos a los que uno ama más que a ninguna otra persona en el mundo, ni el cuento de la privacidad disminuida, porque en últimas el trabajo lo mantiene a uno por fuera de la casa la mayor parte del día, tampoco la mentira de que a los 35 años uno ya tiene que estar levantando a dos peladitos o graduado de un doctorado, el problema de seguir viviendo con los papás con más de treinta años encima es saberse un infante, un bebé sin pañal, porque lo que lo convierte a uno en adulto es el sueldo y no la cédula o la carrera u oficio y con las miserias que ganamos somos eternos niños, unos muchachitos idiotas sin casa y sin pensión y sin finca. 

Yo le decía en estos días a al dueño del bar al que voy que una señora le decía a su hija o nieta, no sé qué sería, que tuviera cuidado con la bicicleta porque de pronto podía golpear al señor y el señor era yo. Yo un pobre marica que se gana un mínimo, cómo voy a ser un señor, estoy viejo, pero no tengo sueldo de señor, no soy un adulto en el sistema, soy un parásito, un desastre profesional, un fallo. El dueño del bar decía que sí, que a veces él también se aburría porque las ventas se ponían duras y se veía a gatas, pero que él no le daba tanta mente a eso, aunque la ventaja de él es que no está apestado como yo, él no quiere ser novelista. Y es que yo, además de saber que lo que gano no me alcanza, sé que tampoco me alcanzan ni el talento ni la fortuna. 

Lo cierto es que con la última Nissan Frontier y una propiedad en Guatape y vacaciones en Europa seguir viendo con el papá y la mamá no representaría a la vista de ninguno un problema. De hecho, hasta dirían, como viven de bueno esos cuchos, se la pasan de paseo con el hijo; dirían también, ese muchacho quiere mucho a esos viejos, él se ve en ellos, no sabe sino darles gustos. Lo malo de vivir con los papás es que uno viva con ellos estando pelado, arañando migajas para pagar el recibo de la luz o pagar el arreglo de la nevera. 

Irse, quedando -57

En muchas novelas que he leído, debajo del párrafo final, el escritor suele poner la fecha en la que terminó de trabajar en ese texto y la ciudad en la que estaba cuando lo consiguió, como si le estuviera asignando una dirección. Mucho de esos novelistas están en ciudades muy lejanas de una novela a otra. Pasan de Cali a París y luego a El Paso y después a Seúl y otra vez pisan tierra colombiana y entonces ponen Bogotá o Barranquilla.  

En el caso de un escritor que no es profesional, uno que es apenas un novelista aficionado, o sea, en el caso mío que boto más plata con ese vicio que cualquier ludópata o cliente de prestamista gota gota, todo lo que he escrito tiene como única dirección Tuluá, que es donde estoy. Aunque yo no recurro a ese adorno. En los dos libros que saqué no hay ninguna ciudad ni fecha al final y en el tercero que es el que apenas va a salir, el prepagado, ese tampoco lo tendrá. 

Me parece que Tuluá es un buen lugar para escribir, es una ciudad históricamente violenta, las cifras de homicidios por año siempre están por encima de los dígitos, pero entre todos esos asesinados no hay novelistas ni cuentistas, no es que los escritores tengan inmunidad, matan al que tengan que matar, y parece que hasta ahora entre sus objetivos no han estado los novelistas, entonces no es que uno corra peligro escribiendo en Tuluá, a menos que sea periodista y entonces ahí la situación es otra. 

De hecho, el escritor insigne de la ciudad, el hombre que se dedicó a novelar el poder y dice ser un experto en ese tema, vive en Tuluá, ha vivido y escrito sobre la ciudad y se refiere a cada caso actual de la violencia con reminiscencias evidentes en sus más de veinte novelas escritas. Otros que como yo también son unos novelistas aficionados han buscado en él a un padrino literario y algunos han conseguido uno que otro empujón, un prólogo, un cumplido en la contratapa, detalles que no parecen servir de mucho porque ninguno de esos aficionados ha podido dar el salto a lo que podríamos llamar la escritura profesional. 

Entre tanta gente que se va del país, uno también se termina preguntando si lo correcto debería ser eso, partir y soñar con la escritura de una buena novela en otra parte o si definitivamente abandonar el país también sea una oportunidad para abandonar el sueño y ser adulto y responsable y realista. Lo cierto es que si escribo otra novela, no importa el lugar del mundo en el que este o que siga en Tuluá como el escritor insigne de la ciudad, debajo del párrafo final no habrá nombre de ciudad ni fecha. 




miércoles, 30 de agosto de 2023

Irse, quedando -56

Me pregunto por lo que podré hacer para mantener algún tipo de contacto con mis sobrinos, qué será necesario para que podamos seguir hablando, para que el diálogo que hemos mantenido durante sus años de vida se pueda mantener. 

Con Julia y Rubén y algunos otros amigos a los que no les doy nombre, pero que están, mantengo el contacto porque son ellos lo que me hablan, los que me cuentan sus cosas y me preguntan por las mías. El diálogo no se acaba ni se enfría porque la responsabilidad de mantenerlo vivo la asumieron ellos, existe un tipo de acuerdo tácito que funciona bien. 

Pero mis sobrinos son unos niños, unos muchachitos en un país nuevo que van a lidiar pronto con la adolescencia y que tendrá que transitar el cambio y acomodarse a una nueva cotidianidad con otros amigos y otras referencias culturales y seguro el matoneo que nunca falta porque de la crueldad no se puede huir, con todo eso no van a ser ellos los que se preocupen por mantener vivo un diálogo con su tío, tendré que ser yo el que encuentre la forma. 

Tal vez no consiga yo mantener ese diálogo vivo y entonces iremos cambiando y sin darnos cuenta, no convirtamos en meros conocidos con uno que otro recuerdo en común, el de algún paseo en familia, tal vez, puede que nos quede solo eso, lo sé porque eso pasó conmigo y con mis tíos y mis primos y otras familiares o amigos de la infancia o la adolescencia, no somos más que conocidos, gente que se saluda y habla del clima y del campeonato de fútbol nacional. 

Es posible que me deba dedicar a los juegos en línea, tal vez por ese medio pueda mantener ese diálogo, eso puede resultar más efectivo que un chat o una videollamada, o no de pronto lo que tengo que hacer es aceptar el devenir y cuidar los recuerdos. 

  

martes, 29 de agosto de 2023

Irse, quedando -55

El primer libró que publiqué, tenía algunos cuentos, una docena, tal vez, como ya dije y es sabido por los que pudieron toparse con alguna copia, fueron muchas las fallas, faltó edición y eso que trabajé con una editorial, aunque en acuerdo de coedición, no está del todo mal el mecanismo, por lo menos esa es una manera fácil para que muchos bobos como yo cumplan el sueño de publicar, el problema con eso es que uno paga por el riesgo, es decir, la editorial no arriesga porque con a plata que uno pone ellos cubren sus gastos de producción y además se quedan con parte del tiraje, si venden o no los libros no importa, porque ya ganaron y tal vez por eso el resultado final este plagado de errores tontos, obvio si yo fuera menos ignorante ese primer libro hubiera salido mejor.

El caso es que yo regalé más de la mitad de las 100 copias que me tocaron a mí, no sé qué hicieron los de la editorial con los 100 de ellos, supongo que todavía están encartados y que de algún modo se avergüenzan de haber imprimido esa popo, porque en lugar de publicitarlo me da la impresión de que lo escondieron. 

Con el segundo libro me fui por la autopublicación y le pagué a uno de esos señores que se dedican a corregir trabajos de grado para que me ayudara con la revisión, hubiera preferido tener a un editor que me hiciera rescribir capítulos, pero no me alcanzaba para eso. 

La novela salió bien, menos errores por los que desear tener los ojos llenos de arena, por lo menos en lo correspondiente a ortografía. El problema es que tampoco conseguí que le gustará ni a mis más cercanos, así que las 100 copias imprimidas conseguí vender 20, con el segundo libro, que era a la vez mi primera novela, me di cuenta de que hasta regalarla era difícil. 

Con esos dos estrellones contra la realidad habría tenido que reaccionar y abandonar el capricho de escribir para publicar, no hacían falta más señales para cualquier persona medianamente inteligente, una retirada conservando algo de dignidad que me permitiera concentrarme en mi trabajo, ya fuera hacer cualquier cosa por la que pagaran más que por asistir con resignación al colegio el resto de la vida a posar de modelo a seguir y adoctrinador solapado siempre listo para el faro y el puño en alto y el reclamo y la defensa de la educación pública. Podía ser una persona corriente que sueña con viajar y tener plata, lo de novelar y poner mi nombre en el libro era un asunto de la vanidad que yo podía trasladar a otro lugar. Pero como no soy tan inteligente, lo que hice fue escribir otra novela y embarcarme en la publicación de mi tercer libro, otra vez recurriendo a la autopublicación, pero esta vez con algo de lo aprendido en el pasado, opte por la preventa, iba a imprimir solo lo que pudiera vender, resultaba casi como vender un bono solidario o una rifa y para mi sorpresa eso funciona mejor y ya llevó 31 libros vendidos, espero llegar a los 50 para mandar a imprimir la primera tirada. 

irse, quedando -54

Julia me contó que tiene novio. 

Dijo muy claro cuando se marchó que ella no iba a comprometerse con nadie en ninguna parte, que ella ya no quería más desilusiones y que vivir sin compromisos era mejor. 

Le dije que el sueño de toda mujer nacida en un país de economía podrida celebraba como un triunfo conseguirse un marido gringo o europeo. La teoría del neocolonialismo no aplica para la cuca, esa que la colonicen un emperador, si es posible. 

Según Julia, yo me iba a morir ordinario y patán y que por eso no me salían buenos los cuentos o las novelas y que ella no sabía que hacía yo con todo lo que leía. 

Como si leer novelas sirviera para algo. 

Uno que otro dice que sí, que leer novelas y cuentos sirve para reflexionar sobre la condición humana y para empatizar y para mirar de otro modo la realidad y a mí me parece que todo eso es mentira y que leer novela sirve tanto como cuidar matas de esas de interior que ni dan flor y a uno le gustan por las hojas y porque son de uno. 

Para mi sorpresa y como si Julia quisiera llevarme la contraría, me salió con que el novio no era ningún europeo, sino un venezolano.

Qué le vio de malo a los españoles, pues, fue lo primero que le pregunté a Julia, porque me parecía que desde las probabilidades, si uno estaba viviendo en España, la posibilidad de terminar metido con un español eran más. 

Julia me explicó que lo de las probabilidades no aplicaba así, que para ella era distinto porque estaba trabajando en Puente de Vallecas y que el hostal la mayoría de sus compañeros eran latinos. 

Acá también se hubiera podido conseguir un novio venezolano, fue lo que se me ocurrió decir y Julia me dijo que sí, pero que acá no quería estar más. No dije más. 

lunes, 28 de agosto de 2023

Irse, quedando -53

Así como de las ciudades mucha gente se va para otros países, mucha gente quiere dejar la zona rural para llegar a las ciudades, eso es algo que me quedó claro cuando hice el trabajo de grado en la universidad. 

Como cualquier mediocre que se gradúa de licenciado, lo que hice fue proponer un trabajo de investigación relacionado con la aplicación de nuevas herramientas pedagógicas en el aula, cualquier que lo quiera comprobar puede ir a la biblioteca de su universidad más cercana y preguntar por los trabajos de grado de los licenciados, todo hacemos el mismo, desde ahí dejamos claro que estamos por nada, si estuviéramos por algo hubiéramos hecho una ingeniería. 

El caso es que me recorrí los colegios rurales como de tres municipios haciendo encuestas y entrevistas y desarrollando actividades variadas con los estudiantes de noveno, décimo y once, todo como trabajo de campo para poderme graduar. 

Haciendo eso me di cuenta de que si esos pelaos tenía algún tipo de plan ese era irse. De cada cinco estudiantes con los que hablaba de los planes a futuro, cuatro me respondía que irse de esas fincas a trabajar en Bogotá o en Cali o en Medellín o en Tuluá si no se podía conseguir más, eso mientras les resultaba la oportunidad de cruzar el charco. 

Uno que otro hablaba de estudiar, pero esa no era la prioridad, lo primero era irse de la finca, evitar las tareas agrícolas como opción de vida. 

Antes mucha gente de la ciudad pegaba para las fincas en Chaqueta, Putumayo y Nariño a raspar hoja de coca, se iban seis meses y volvían con los bolsillos llenos, pero eso se acabó, ahora el monte no es una opción ni para los que lo habitan. 

Irse sí, pero para una capital o para el extranjero. Oyendo a esos pelaos pensé en mí y supuse que sí, que si yo hubiera cumplido 17 o 18 años en la vereda en la que crecí seguro también hubiera considerado irme. 

Irse, quedando -52

Salimos de la vereda del oriente de Caldas porque así lo decidieron mis padres. Pagaban muy poquito por una carga de café y los grupos armados con sus presiones, extorsiones y asesinatos terminaron definiendo nuestra partida. 

Estando en Tuluá, yo quería estar volviendo de paseo cada seis meses a la vereda y al pueblo para visitar a la familia y a los amigos y rápidamente, tal vez en la tercera visita, me di cuenta de que no tenía sentido volver con esa frecuencia, que algo había cambiado, que ya y aunque yo quisiera no vivía allá, que la cotidianidad de ellos no era la mía. Mis amigos me parecían distintos y yo me sentía fuera de lugar. 

Empecinarse en volver o mantener una cercanía con ese lugar abandonado hace parte del proceso, lidiar con eso es aceptar lentamente que el lugar que le pertenece a uno es ese en el que está.

Raúl me dijo que recién llegado a Europa volvió al radio y se dedicó solo a oír emisoras colombianas, en la casa y en el trabajo estaba con emisoras de acá y que muchas veces en las conversaciones con los locales se daba cuenta de que no estaba enterado de lo que le correspondía, no sabía ni a qué partido pertenecía el presidente del país en el que vivían o que estaban discutiendo en el congreso ni con quién se había acostado la cantante de moda y así de a poco fue abandonando a Colombia, aceptando que ya no vivía acá. 

Todavía voy a Caldas y disfruto estar allá, pero me comporto como un turista, pasados más de veinte años la gente a la que veo ya no es la que recuerdo de mi niñez, muchos se fueron y otros aparecieron, mi familia me habla de algunos y ya hasta esa charla es incómoda porque me mencionan a gente de la que ya me olvidé. Todavía sé que soy de allá, pero también sé que ya no lo soy. Eso me resulta curioso y lo comentó como mi hermana que ahora será de una vereda en Caldas y será de Tuluá y será colombiana y también será un sudaca en una isla de Europa. 

viernes, 25 de agosto de 2023

Irse, quedando -51

Hablar de los que se fueron es muy natural entre los que permanecemos en Tuluá. Por esa razón, los apegados, los que echamos raíces, los estancados, los resignados, los conformes, los de la zona de confort, los despojados de cualquier ambición, los cobardes, los conservadores, o para decirlo mejor, los quedados, siempre estamos al tanto de lo que va pasando con esos otros, los idos. 

Es como si existiera una especie de red comunicativa que se extendiese a lo largo y ancho de este pueblo para mantener presente el nombre de tanto inmigrante. 

Andrea ya compró camioneta, en Estados Unidos, dice una señora orgullosa. Pablo ya consiguió mujer por allá, una peruana, dice apenado el señor que esperaba tener una nuera europea. Jazmín ya está pagando su apartamento y el otro año espero y a conocerlo, dice un cuarentón con ínfulas que se siente mejor que el resto porque su hermana está en Montreux, Suiza.  

Como muchos de los que hablamos de los que se fueron no hemos salido del país y solo sabemos del extranjero, lo que nos cuentan los que están por allá, es muy normal que también digamos cosas como las siguientes: acá está haciendo calor, pero no como allá en España, allá están dizque a 40 grados, me contó mi hermano. Acá está haciendo frío, pero no como en Nueva York, allá están a ocho grados bajo cero, imagínese, eso me dijo mi hija. Acá uno se demora mucho para ir de un lugar a otro, no como en Europa que se mueven en esos trenes rápidos, un amigo mío va de Francia a Alemania en esos trenes y es barato el pasaje. No es que acá no respetamos nada, acá no es como en Estados Unidos, allá no le puede uno hablar duro a un policía, mi hermano me contó que allá la cosa es hijueputa. 

Y así los que nos quedamos nos las vamos dando de conocedores y expertos internacionalistas de a poquitos y pelamos con los otros porque allá no es así como él dice por qué es distinto porque a mí también me contaron hasta que aparece el que fue de vacaciones quince días y se gana todas las pelas porque como él fue entonces cree que sabe de lo que habla como si hubiera vivió allá una década o más.

También hablamos de lo que mandan los que están por fuera, plata o ropa y en esas se nos van los días también con la atención un poco acá y un poco allá como los que se van. 

jueves, 24 de agosto de 2023

Irse, quedando -50

Rubén me dejó muy claro desde que escribí mi primer cuento que él era mi amigo y que todo bien conmigo, pero que él no me iba a leer, no le interesaba lo que yo pudiera escribir, estaba para leer lo necesario y prefería los libros de historia, para leer cuentos mejor se veía La rosa de Guadalupe, eso sí, mientras pudiera me iba a comprar cualquier libro que sacará, pero solo porque éramos amigos y todo bien conmigo. 

Rúben me dijo que mejor no molestara a mis amigos con lo que escribía, usted no puede ir detrás de sus parceros o su familia con los borradores de esos cuentos pidiendo que los lean y le den opiniones, ninguno de los que lo quiere está para eso, compa, es que muchas veces no tenemos ni tiempo. Usted tiene que pensarse bien el cuento y cuando salgamos por ahí a tomar cerveza con los otros, entonces aprovecha y los cuenta, si usted nota que a la gente le gustan, que se ríe o se emocionan, entonces el cuento sirve y usted va y lo escribe, así no se hace coger pereza de nadie. Varios más pensaban eso, pero el único que lo dijo claro fue Rubén.

Uno de esos problemas de escribir es que hacen falta ese tipo de lectores, esos que se enfrentan al texto cuando está en proceso de construcción y sugieren, cuestionan, aclaran lo que hay. A mí me hacen falta porque después de que escriba algo puedo pasar por encima de la falla veinte veces y no la veo. Dicen que lo importante de escribir es releer y corregir, el problema es ver lo que puede ser un error, por lo regular son los otros los que lo ven con facilidad. 

Como en algún momento me di cuenta de que no tenía quien me leyera, empecé a escribir novelas compuestas por capítulos muy cortos, buscando que esa brevedad le permitiera a los amigos que sí quisieran ayudarme con la lectura, llegar hasta en final de cada texto y compartirme sus opiniones, porque eso también pasó, lo que si querían leer no llegaban hasta el final, hecho que también me puso a pensar más en lo que escribía. 

Así conseguir un par de cuentos muy fragmentados y una novela que todos los editores a los que les envíe el manuscrito me respondieron que no era un mal texto, tampoco uno bueno, pero sobre todo no era ni de cerca una novela. 

Irse, quedando -49

El hermano de una novia que tuve se fue para Estados Unidos movido por una razón muy concreta, tal vez la más concreta que a mí me han comentado, dijo que él quería ver buenos conciertos. 

Por ese entonces muchas bandas importantes venía a tocar a Bogotá, pero irse a vivir a Bogotá no era suficiente para él. Conciertos de verdad con músicos de primer nivel solo en Estados Unidos.

Quedarse en Colombia era verse obligado a esperar que sus bandas favoritas decidieran girar por Sudamérica y eso tal vez podía tomar muchos años o en definitiva no suceder. 

Björk había venido una vez, solo una y tal vez esa fuera la única y él tenía que ver a Björk en vivo. También quería ver a Neil Young y Bruce Springsteen y según él a esos tenía que verlos muy rápido porque ya estaban viejos y se podían morir en cualquier momento, eso le había pasado con Leonard Cohen. 

Necesitaba ver a Herbie Hancock y a Steve Vai y eso solo lo iba a conseguir estando en tierra gringa. Había estudiado diseño gráfico, había sacado su visa y hablaba inglés a la perfección, además su papá no tenía precisamente problemas de plata y le ayudaba sin poner peros. 

Un día resulté viendo sus fotos en Instagram mientras le revisaba el perfil justo a la hermana, con la que ya ni me hablaba, por qué de qué iba a hablar un exnovio que no ha hecho nada con su vida por estar dedicado a escribir una novela cuando la exnovia es directora de una ONG importante y vive con su novio en un apartamento de 220 metros cuadrados en Chapinero. 

Viendo sus fotos me di cuenta de que en serio el tipo se había ido a eso, a estar en conciertos, tenía fotos en decenas de eventos de ese tipo, festivales, bares, teatros, tenía fotos con los artistas y fotos de los discos autografiados, le di un par de "me gusta" a varias de esas fotos y le escribí en privado que me daba gusto que hubiera visto por fin a Björk y que se acordara de los pobres y me mandara una camiseta de alguna de esas giras de Jack White. 

Y sí, me respondió, me pidió la dirección, me dijo que era el colmo que siguiera en la misma parte, que tenía que irme de Tuluá, que esa ciudad todo lo podría y me mandó la camiseta de Jack White, y varias más. Supongo que lo comentó con la hermana y sí, me da curiosidad saber qué habrán dicho, el tono usado en la conversación, o no, seguro ni lo comentaron, para qué. 

miércoles, 23 de agosto de 2023

Irse, quedando -48

En noveno grado me encontré con un muchacho que como yo también estaba recién llegado a Tuluá y tampoco tenía un pasado en ese colegio en el que resultamos. 

Al igual que yo, su apellido y nombre estaba apuntando con lapicero al final de la lista de asistencia impresa que cargaban los profesores. No desentonábamos del todo en ese lugar porque mi apellido empezaba por T y por V el suyo. 

En ese momento sentimos que teníamos todo en común él y yo, ambos éramos nuevos, ninguno de los dos conocía a nadie en ese salón de clase y tampoco en el patio a la hora del descanso, así que nos juntamos y hablamos y pasamos el tiempo juntos, hicimos las primeras tareas juntos y nos pusimos al día con los temas en que estábamos atrasados por entrar unas cuantas semanas después de iniciado el año electivo, mientras tanto y la vista de los otros, según me di cuenta luego, parecía que veníamos de la misma parte y nos conocíamos de siempre. 

Yo venía del oriente de Caldas y él venía de Neiva, él venía de una ciudad y yo de una finca en la montaña, al principio eso no hacía la diferencia, pero con el paso de los días sí la hizo, me di cuenta de que él sabía mucho más que yo de la vida, a eso ahora lo llaman capital cultural, él lo tenía y yo no. Supe eso porque él encajó muy pronto en el salón de clases y en el patio a la hora del descanso y yo, por el contrario, me pase ese año más bien solo porque ya no funcionábamos juntos y lo que teníamos en común ya se había acabado. 

Mi problema es que hacer amistades o relacionarme con los otros me tomaba más tiempo que a él, así que muy pronto me quede más bien solo, por decirlo de alguna manera. 

Mientras el otro nuevo ya tenía amigos y se había hecho un lugar, yo seguía haciéndolos y buscándome el lugar, yo de cierta forma seguía sintiéndome rechazado, pesa la adolescencia, pero eso lo entiende uno luego.  

No estuvo bueno ese tiempo, durante ese año cada día yo deseé volver al oriente de Caldas, durante esos días me resistí al cambio y me sentí perdido, luego, puede decir que me adapte, pero hicieron falta meses. 

El otro muchacho nuevo, decía cada que podía, que en Neiva él estudiaba en el INEM, y que el INEM era el mismo colegio en el que estudiaban los de la novela de Francisco el matemático en Bogotá, ese comentario parecía resultar muy efectivo entre los otros, eso ya hacía del pelao alguien más interesante, para qué, pero se daba maña, tenía carisma. Yo no tenía ni idea de Francisco el matemático porque en la finca donde vivía solo se cogía un canal de televisión y en ese no pasaban esa telenovela, aunque yo no decía eso, yo hacía como si también me pareciera un dato importante. 

Dejamos de tener cualquier relación cercana ese muchacho y yo cuando él dio su salto a la fama y en una izada de bandera improviso un rap, ahí resultó que el muchacho además de todo tenía talento artístico y quería ser un cantante urbano y yo ni sabía que era el reguetón porque en el colegio de la vereda cantábamos era las de Darío Gómez y Garzón y Collazos. 

A veces le digo a mamá para molestarla que si me hubiera dejado tranquilo en esa vereda y no hubiéramos hecho ese cambio, si no nos hubiéramos ido tal vez yo a estas alturas sería un caficultor cualquiera con una esposa y un par de hijos, estaría dedicado a algo honesto que no avergüenza a nadie en lugar de ser un licenciado que vive con los papás y quiere escribir novelas que no es capaz de vender.


martes, 22 de agosto de 2023

Irse, quedando -47

Domingo por la tarde, oportunidad perfecta para inventarse cualquier excusa que permita huir de la casa y hacerle el quite a la visita. Ese episodio me parece incómodo, pero es preferible pasar por grosero, fantoche o bobo, que quedarse ahí. 

Me sé de memoria la dinámica de esas visitas, el amigo o la amiga de la familia aparece sonriente y sin terminar todavía el saludo ya está hablando de lo bien que le está yendo en los negocios, del carro nuevo que compró o de la finca que estuvo viendo esa semana y cuando terminan por ahí siguen con los hijos, lo que compraron, o lo que tienen, y después, mientras se toman el tinto, viene la pregunta que mis padres también saben que llegará y que esperan resignados. 

Y qué hay de nosotros, esa es la pregunta, y claro, él nosotros somos mi hermana y yo, y la pregunta está disfrazada de burla, porque los que preguntan saben que ahí seguimos, que no nos hemos ido de esa casa, que no hemos comprado camioneta, ni yo me he casado o me ha comprado una casa o he montado un negocio. 

Mi mamá responde que ahí estamos, que aliviados gracias a Dios y busca como hablar de otra cosa, porque mi madre que se va a poner a contarle alguien que no compra libros o no lee que ahí sigo, yo intentando escribir una novela y por eso me voy yo, huyendo, porque como va a competir un atembado que quiere ser novelista con el logro de un tipo menor que yo que ya tiene dos hijos y un almacén y un carro nuevo. 

De los amigos de la familia y de nuestra familia cercana, el único tontazo que compra novelas y además las quiere escribir, soy yo, lo normal ya es que varios de ellos me traten como si fuera un mongólico, un día en una fiesta en la que no sé por qué termine metido uno de esos amigos de papá me pasó una Coca Cola dizque por seguro me hacía daño él tragó y además me preguntó que si me la abría o que si yo era capaz. 

Lo bueno es que ahora que me hermana se fue cuando pregunten por nosotros, ella ya podrá hablar de su hija, la que se fue para España y de como les está yendo y como es todo por allá, todo eso mientras yo me escurro para no tener ni que saludar. 

lunes, 21 de agosto de 2023

Irse, quedando -46

Hay montón de gringos que quieren venir a Colombia a observar pájaros y un montón de colombianos que se quieren tomar una fotografía al lado de una joya arquitectónica en Europa. Unos van y otros vienen y mientras sea de paseo todo está bien, piensan los de acá y piensan los de allá. El que pasea trae plata para gastar, dicen algunos en son de celebración. El turismo dinamiza la economía, me dice un conocido que ahorra con devoción cada peso para salir de paseo cada año, me gusta como lo dice porque parece que él hubiera asumido un compromiso con la humanidad, movido por la solidaridad del que se sabe responsable de los otros, de los que esperan por esos billetes que él va a gastar en otra parte y con los que seguro un joven luchador pagara su maestría. Aunque todo ese sea falso y ese conocido se vaya de paseo porque es lo que le gusta y lo que disfruta, las palabras le suenan bonitas, si mañana lo llevaran a pasear de regalado sin que él se gaste un peso, o sea sin que aportara un solo gramito a la carrera del joven luchador, las palabras seguirían sonando bien y él seguiría feliz. Lo aburridor es que esos que viajan como turistas se quieran quedar en sus destinos turísticos. Esos gringos que nos roban a las mujeres, dicen los nuevos ricos ambiciosos en las fiestas prendidas de Medellín. Esos sudacas de mierda que vienen a acabar con la tranquilidad de la zona euro y robar y a matar y traficar y a prostituirse como si fueran africanos, esos son los que detienen el crecimiento de la economía, gritan los señores en los mitines de los partidos de derecha en cualquier barrio bien de Madrid o Barcelona. Por no hablar de los gringos que eligen como presidente al que promete sacar a los latinos de su país. El problema es que se quieran quedar, lo importante debe ser que la dinámica de ida y vuelta se mantenga. Luego el problema es el mismo, el problema es que se quieran quedar los que se van y el problema es que nos queramos quedar esos que no nos queremos ir. 





Irse, quedando -45

Me he resistido a irme del país porque no tengo un peso, es decir, que soy pobre, aunque una amiga que se mueve en esos campos del negocio multinivel y las inversiones en bolsa que más parecen pirámide, me ha dicho en diferentes ocasiones que no debo decir que soy pobre porque así es como empieza la pobreza, por el lenguaje. Lo claro es que ella y yo hemos leído libros diferentes y por eso yo creo que la conciencia de clase y el reconocerme y nombrarme como pobre y obrero y plebeyo, me da una posición en la realidad social. No nos ponemos de acuerdo, pero nos queremos. Pero me desvié, decía que no me voy porque soy pobre y los pobres somos pobres en todas partes, entonces saber que voy a irme a otro lugar a tener que trabajar no consigue motivarme porque eso no es ningún cambio, para trabajar ya trabajo acá, trabajo seis de la semana más de ocho horas al día sin derechos a primas o cualquier otro tipo de beneficios porque un contrato por prestación de servicios y vender aguacates en la calle es la misma cosa. Me iría ya de Colombia para cualquier país, Irak, Uzbekistán, Níger o Monte Negro, si tuviera de que allá voy a trabajar menos, tres días en lugar de seis, cuatro horas en lugar de ocho y con ese sueldo también voy a poder pagar servicios y arriendo y comida y cine y cerveza y paseos y que voy a poder ahorrar para pagar la publicación de un libro o para estudiar una maestría en escritura creativa que parece ser el requisito obligatorio para publicar novelas escritas a la perfección que no dicen nada ni hacen sentir nada. Cuando mi papá me escucha decir todo esto dice que el problema de la gente de mi generación es que no queremos hacer nada ni esforzarnos por nada que lo queremos es vivir pegados de una pantalla y tal vez él tenga razón y por eso es que yo jodo todavía con lo de querer ser escritor en lugar de aceptar que cuando uno está más cerca de los 40 años que de los 30 lo que debe hacer es aceptar lo que hay y pagar puntual el arriendo y no abusar de la tarjeta de crédito. 


jueves, 17 de agosto de 2023

Irse, quedando -44

Con tanta gente yéndose, me surgió la necesidad de escribir una novela sobre el tema. Ya no quería seguir recomendando la novela de Gamboa; tenía que aprovechar la coyuntura y escribir algo, así, sin tomar distancia, como hacía Silva Romero. Quería crear mi propia novela sobre la gente cercana a mí que se iba, una reflexión sobre las despedidas.

La idea parecía ser ganadora, así que me senté a tomar notas. Tenía una visión clara: un personaje se quedaría en la ciudad en la que siempre había vivido mientras sus amigos, familiares y conocidos emigraban del país. Este personaje se convertiría, de alguna manera, en el guardián de los tesoros más preciados de aquellos que partían. En su casa, que no era pequeña, guardaría los discos de algunos, los libros de otros, las plantas y figuras de colección de algunos más. Personajes irían llegando con sus pertenencias a esa casa y se marcharían con la cabeza llena de sueños. Esa sería mi novela.

De hecho, ya la escribí. El problema es que mi padre insiste en que no vale la pena gastar dinero en publicar más libros, y Julia, una de mis lectoras habituales, sostiene que el texto necesita una reescritura. Aún no me he dado por vencido, y ahora que los podcasts están de moda, pienso que tal vez pueda convertirse en uno. Una de las ventajas de esta época es que podemos permitirnos fracasar y hacer el ridículo en muchos formatos creativos y exponerlos en múltiples plataformas. 

Irse, quedando -43

El otro vecino, allá en la vereda, era Arley, un hare krishna joven que tenía menos de 30 años y vivía solo. No era originario de la vereda, sus padres tampoco lo eran, y no tenía familia en el pueblo. Él decía que venía de Manizales y que estaba allí porque necesitaba conectarse con la naturaleza.

Los chismosos afirmaban que se ocultaba de un hombre que lo buscaba para joderlo porque supuestamente le había embarazado a una hija. No puedo confirmar la veracidad de esa declaración, pero en el ambiente que rodeaba a Arley, eso era lo que se comentaba.

Gracias a este vecino, comencé a adentrarme en un mundo diverso de muchas formas y, de alguna manera, dejé atrás mi mentalidad provinciana propia de una vereda en las montañas. Incluso cuando estuve en Tuluá, una ciudad cercana a las capitales, me costó encontrar a personas con tantas características novedosas como las que presentaba él. Arley fue el primer mariguanero que conocí, el primer hare Krishna, de hecho, después de él, no he vuelto a conocer a ninguno. Antes de conocerlo, nunca había oído la palabra "mantra", y él fue el primer vegetariano que conocí, además de ser el primer autodenominado pacifista con el que tuve una conversación.

Él solo comía y fumaba lo que cultivaba, y por las noches se encerraba en su casa para tocar un tambor y recitar palabras extrañas que decía eran mantras. Poseía una bicicleta y solía ir desde Marquetalia hasta el páramo de Letras. También fue el primer ciclista aficionado al que conocí que afirmaba subir ese mítico puerto de montaña con facilidad. Parecía feliz, al menos desde mi perspectiva, como un espectador. Sin embargo, un día desapareció sin previo aviso. Anocheció tocando su tambor y recitando sus palabras, y a la mañana siguiente ya no estaba. Nunca regresó.

En ese momento, me pregunté por qué cambiar algo que funcionaba tan bien, y esa pregunta me atormentó durante mucho tiempo. Ahora, comprendo que aunque parecía estar bien desde el exterior, en su interior tal vez no lo estaba.

miércoles, 16 de agosto de 2023

Irse, quedando - 42

A mi mamá le hubiera gustado mucho tener un hijo que jugara bien al fútbol, pero como la vida es así de arbitraria, lo que le resultó fue un bobo aliviado que no sabía si su deseo era escribir o ser novelista. Lo bueno es que como al que le van a dar le guardan, mi hermanita tuvo dos bellos niños que sí juegan al fútbol, y ahí mi mamá pudo darse el gusto de estar en las canchas alentando apasionada. 

Me di cuenta pronto de que lo mío no iba a ser ir por la vida generando en mi familia un gran orgullo. No era yo un generador de alegrías y entender eso resultó hasta liberador. 

Mi hermana se apresuró en eso de tener hijos, y antes de los 18 ya tenía el primero. Cuando nos enteramos, estuvimos acongojados, un embarazo adolescente no era el plan. Luego, cuando nació el milagro, estuvimos felices y agradecidos y embriagados de ternura, y ahí me quedó más que claro, lo confirme, mi hermana y luego ese niño, iban a ser los generadores de ese orgullo familiar, después vino el segundo niño y ya no había discusión, así sería. 

Para mucha de la gente que vive en el barrio un motivo de orgullo es tener a algún familiar en el extranjero. Salir del país da estatus, irse es como sinónimo de verraquera, de ser echado pa'lante, como dicen, aunque yo no haya visto nunca a nadie que sea echado pa'trás, ser echado pa'lante es algo bueno. 

Aunque no sé si mi mamá alguna vez soñó con tener hijos en el extranjero, ya es un hecho que tiene una hija y unos nietos por fuera, yo no sé si ella se sentirá orgullosa de eso, lo que sí se es que yo sigo en las mismas, dizque escribiendo y cotizando papel barato para imprimir una novela. 

Irse, quedando -41

Hay gente que se va muchas veces, gente que no se va y gente que se va apenas una o dos veces. Yo estoy entre los que se fue una vez. Antes vivía en una vereda del oriente de Caldas y me fui de ese lugar para llegar a Tuluá, donde vivo todavía. Como ya soy mayor que Jesucristo cuando lo crucificaron por andar diciendo maricadas rodeado de forajidos mugrosos, es posible que el cuerpo me aguante para arrancar de cero un par de veces más, aunque ese no sea el plan, porque ese nuevo inicio es algo que no me atrae tanto como le atrae a otros.

A Jesucristo seguro tampoco le atraía mucho porque le pudo pedir al papá que lo sacara de ahí y lo mandara para China o para Brasil. Allá sí que había gente para tramar y, sin embargo, prefirió seguir con el plan de papá y dejarse matar y exhalar por última vez entre ladrones, una falacia ideal para demostrar que empezar de cero está maluco.

A veces creo que estaría muy bien irse de Tuluá. De hecho, creo que sería la única forma para huir de la vergüenza. Seguir acá, aunque sea lo cómodo, también es comprometedor, porque uno se sigue encontrando con aquellos que se quedaron y tienen la casa, el carro, la moto, los hijos, el trabajo y las redes sociales llenas de fotografías en playas y ciudades bellas del extranjero, con lo que evidencian que uno carente de eso no ha hecho nada con la vida o está perdido o fracasó.

No le doy importancia a eso muy a menudo, pero sí creo de vez en cuando que vivir en otro pueblo, alguno cualquiera donde uno no conozca a nadie ni haya estudiado con nadie, puede sentirse mejor. Aunque un día mi sicólogo también me dijo que estar soñando con irse a un pueblo en donde nadie me conozca para empezar de nuevo es un síntoma de depresión. Yo no sé, no creo, pero igual no le discuto nada al tipo tampoco, o no le discutía, porque no lo vi más de cuatro o cinco veces. 

El cuento es que la ventaja de estar en otra parte es que nadie pueda preguntarme en un semáforo, cuando me vea en bicicleta, qué ha sido de mí y a qué estoy dedicado y qué pasó con lo de escribir.

martes, 15 de agosto de 2023

Irse, quedando - 40

A los 18 años, sin novia y sin plata, lo que hacía yo si no podía estar en el bar al que siempre iba era quedarme en la casa, repitiéndome películas. No sé cuántas veces me vi Alien, Depredador, Mad Max, Halloween, entre otras varias que eran mis favoritas. A veces, cuando alguno de mis amigos de ese tiempo estaba en las mismas que yo, se aparecían en la casa y se quedaban ahí canaleandose las películas, y como buenos confianzudos, retacaban por crispetas que al final yo terminaba haciendo, porque en eso estábamos: en dejar ir las tardes y noches así, sin más.

Un día apareció Santiago, me saludó entre dientes y se dejó caer abatido en el sofá. Ese día yo estaba viendo 'La noche de los muertos vivientes'. Se quedó ahí callado mirando la pantalla. Hacía mis comentarios bobos sobre la película y el marica ni respondía.

Vea, careculo, le dije, ¿qué le pasa? ¿Peleó con Adriana o qué fue?

Está embarazada, me dijo, que tiene como dos meses.

A mí me pareció que cuando dijo eso se le encharcaron los ojos. Yo no sé si fue real, porque él dice que no fue así, pero yo recuerdo que sí. Busqué el control y pausé la película, y como no sabía qué decir, dije lo que normalmente podía decir cualquiera como yo en un momento así, ¡qué mierda, parce! Esa expresión escaló un poco años después, porque ya no decíamos ¡qué mierda, parce!, sino ¡qué gonorrea, parce!, pero esa vez fue así, ¡qué mierda, parce! ¿Qué van a hacer?, pregunté.

Contarle a los papás de ella, me dijo.

Santiago fue el primero de mis amigos en ser padre, y esa noche tenía más miedo a contarle a los papás de ella y a los papás de él que iban a ser abuelitos, que pensar en el futuro que le esperaba. 

También es verdad, un poco sí, que mientras a muchos de mis amigos les estaban pasando cosas o estaban haciendo que pasaran, yo andaba de zombi viendo películas. Yo no entendía. 

No se van a ir a vivir juntos, cierto, marica, usted tiene que terminar la carrera, le dije. 

Santiago era estudiante de arquitectura, iba en segundo semestre, y yo creía que ese tipo iba a ser uno de los artistas más importantes del país. A su creatividad yo le tenía toda la fe, y a él lo admiraba. Me deslumbraba ver de lo que era capaz.

Para qué hablo mierda, yo no estaba pensando en el bebé, yo pensaba en ese artista que yo quería que fuera, me dijo que no sabía que iba a pasar, que todo iba a depender de lo que dijeran los papás de ella.

Esa noche, además de la película de Romero, vimos '¿Y dónde está el piloto?', y también 'Agárralo como puedas', porque creí que lo mejor en ese momento era verle la jeta a Leslie Nielsen.

Al otro día, Santiago definió el que iba a ser su futuro. Aseguró que estaba enamorado de Adriana y pensaba responder por el niño. Siguió estudiando en Cali, Adriana se quedó en la casa de los papás, y cuando el niño tenía como dos años se fueron a vivir juntos.

Santiago es hoy es un excelente arquitecto, padre y esposo, pero ya no más un artista, ni tampoco más amigo mío. De Tuluá se fue a vivir a Bogotá y por ahí terminamos de perder contacto, aunque el problema fue que ese Santiago padre y marido ya no fue capaz de hablar conmigo, o tal vez fui yo el que ya no supo como abordarlo a él y la amistada nos resultó aburrida a los dos y creo que de acuerdo tácito la dejamos ir. 

Irse, quedando -39

Después de leer mi primer libro, mi papá y mi mamá estuvieron de acuerdo en que mi futuro iba por otro lugar, uno muy alejado de la narración y el ejercicio infructífero de querer juntar palabras. Papá decía que lo mejor era que me dedicara a la docencia, que eso era lo que estaba estudiando; esos profesores viven bien, decía él. Mi mamá, por su parte, creía que si yo quería escribir, entonces tenía que dejar de lado esos cuentos tontos y dedicarme a asuntos más edificantes, temas más positivos y que tuvieran un mensaje; lo que tenía que escribir eran consejos para la vida, así como hacía el padre Alberto Lineros.

En ese momento, todo eran apenas sugerencias, nada que los preocupara en serio. Todavía tenía menos de 25 años y todavía me quedaba tiempo para reaccionar. Cuando llegó el segundo libro y yo ya estaba en los 30, las sugerencias fueron sustituidas por alarmas. Era el colmo que yo siguiera soltero y sin carro, sin moto, sin pasaporte, sin préstamo en el banco, sin novia, sin perro y sin divorcio, y que lo único que tuviera para mostrar fueran esos dos libros. La situación requería medidas urgentes, y así fue como empecé a ver al psicólogo. Mi mamá pagó la primera cita, porque lo mío no era normal, decía ella. Lo mío era grave, yo estaba enfermo y eso de querer ser escritor tenía que ser un trastorno extraño. De pronto me hacía falta terapia y medicación, porque ella conocía a mucha gente, pero ninguna con que estuviera embobada con eso de querer escribir.

Antes de salir de la casa para esa primera cita, mamá me dijo que si con la sicóloga no me arreglaban, ella también conocía a una bruja muy buena en caso de que me estuvieran trabajando. 

Irse, quedando - 38

Así como tener casa propia o comprar un carro son sueños que ordenan las prioridades y absorben la energía de miles de personas en mi pueblo, irse de aquí y del país también es una ilusión común entre muchos. A Carmen la conocí en el colegio, estábamos en noveno y desde entonces su ambición más grande era vivir en Londres. No quería ir de paseo, no tenía curiosidad de turista, ni pensaba en el cambio de la moneda, ella lo que quería era corregir ese capricho de la naturaleza que tanto la ofendía, combatir la arbitrariedad reinante que la había parido lejos del suelo británico.

Carmen fue la única de mi salón de clases que obtuvo un buen puntaje en inglés cuando presentamos el examen de estado. Entró con facilidad a la facultad de educación y se licenció en lenguas extranjeras. También aprendió francés y alemán, pero conocer esos idiomas no la desvió de su objetivo; el destino era Londres y no París. Tenía 23 años recién cumplidos cuando por fin pudo irse. A diferencia de tantos que se van, ella no tenía ni amigos, ni conocidos, ni familia viviendo allá, y eso tampoco representó ningún inconveniente. Se fue y ha pasado más de una década sin que ella haya venido ni una sola vez. No vino cuando murieron sus abuelos, no conoce a sus sobrinos, y la mamá dice que no piensa volver. Ella la ha visitado dos o tres veces, la última vez estuvo como dos meses allá.

Con ella le mandé un libro, el segundo. Me contactó por correo hace poco, me escribió que esa novela era una mierda intraducible. No sé si eso sea bueno o malo, pero eso fue lo que me escribió, además de desearme lo mejor y ofrecerme su hogar si algún día decidía viajar.

lunes, 14 de agosto de 2023

Irse, quedando -37

A Nacho, le tenía sin cuidado saber algo de sus vecinos. Se había adentrado en la montaña y abandonado la vida al borde de la carretera, justo para estar solo y no ver a nadie de cerca. Pero a mí, que era su vecino, sí me interesaba él y me interesaban los otros también. Los veía todo el tiempo y me generaban curiosidad.

El cazador tenía seis perros, cuatro de esos de orejas largas que llamábamos perros finos y que ahora, de adulto, un amigo veterinario me explicó que el nombre real de ese tipo de perro es 'sabueso fino colombiano'. Los otros eran perros criollos, y con ellos y una escopeta al hombro, el señor se metía entre los montes muy temprano en la mañana y aparecía por la noche o al otro día con gurres, guatines, guaguas y perezosos muertos que, según me había explicado mi papá, mi vecino vendía en el pueblo. Le decían a todo eso 'carne de monte', y la pagaban muy bien. De eso vivía el cazador, de matar y vender a esos animales y de sembrar una que otra mata de café en su huerta.

El cazador siempre oía Radio Recuerdos, una emisora que ponía música de carrilera muy vieja todo el día. El cazador le hacía a sus perros sopa de hueso de vaca con pastas, y cuando uno pasaba por la casa de él a la hora del almuerzo, los seis perros y el señor estaban todos comiendo de la misma sopa. He visto después de mi vecino a mucha gente que dice amar a sus perros, pero a ninguno que se siente a comer la misma sopa de hueso lavado con pasta y sin color.

El problema con el cazador es que un día aparecieron unos señores de una corporación ambiental a decir que no se podía cazar y que los animales estaban en peligro de extinción y que comercializar fauna silvestre era delito. Al cazador le tocó echarse a perder para que no lo encerraran. Si esa gente no hubiera aparecido, ese señor se queda en esa vereda toda su vida. Ahí se hubiera vuelto viejo con sus perros, haciendo lo que le gustaba, aunque no se pudiera, aunque lo correcto era eso, irse y dedicarse a otra cosa.

Irse, quedando -36

No sé con qué criterio los niños determinan el orden jerárquico de sus juguetes, no creo que exista un solo niño que abogue por un orden horizontal. Lo cierto es que la perdida de cualquier juguete se lamenta, porque de eso sí me acuerdo, de la tristeza que me daba perderlos, lloré una semana porque se me olvido un avión en la mesa de una cafetería.
 
Los niños son diferentes en cada época y los actuales parecen divertirse más con los videojuegos que con los carros y los muñecos de Superman. Mis sobrinos sabían que iban a tener sus videojuegos porque el papá ya les había mostrado la consola por videollamada y no importa el lugar del mundo en el que una persona esté Fifa y Fornite se juegan igual. Eso me parecía bueno, los niños ya llevaban sus pies puestos sobre una certeza.

Pese a eso mis sobrinos tenían sus juguetes y cuando llegó el momento de empacar las maletas para viajar tuvieron que detenerse frente a ellos y elegir los dos o tres que se podían llevar, me sorprendió ver la indecisión, elegían uno y luego otro y luego los devolvían al estante o al baúl y cogían otro y lo miraban y así se les fue un rato hasta que por fin estuvieron seguros de los que se llevaban y le daban la espalda a los que se quedaban empacados en cajas para regalarlos en un jardín infantil. 

No sé si mis sobrinos jugarán con esos juguetes que se llevaron allá en su nueva casa, o si lamentarán la decisión, de llevarse esos y no otros, pero sé que al parecer me costó más a mí entregar esas cajas al jardín y desprenderme de esa parte de la vida de ellos, de esa parte de la vida mía. 

viernes, 11 de agosto de 2023

Irse, quedando -35

Camilo dijo un día: esto acá está muy gonorrea, llevo cuatro días abriendo el chuzo para que la gente vea que abro, y no entra ningún malparido ni a preguntar precios para seguir derecho y comprar en otra parte. Igual me toca tener las neveras prendidas las 24 horas porque cerveza tibia solo los viejitos asmáticos, y esos como que se están muriendo porque por acá ya no se dejan ver. Irresponsables es que son esos viejos maricas, se van a regalarle toda la plata a las muchachas del parque, y se les olvida que yo también como y pago arriendo.

Como ese fue el saludo, me dio pena con el tipo y le pedí dos frías, una para él y otra para mí, y también agarré un paquete de papas. De grano en grano llena la gallina el buche, dijo Camilo, y yo me reí del refrán, que también usaba mucho mi abuela. Según él, iba a vender ese caspete y se iba a ir para Europa a manejar carro. Por allá tenía un primo que estaba trabajando con Uber y le estaba yendo bien.

A ese también le salí con el cuento de que leyera un libro de Santiago Gamboa, "El síndrome de Ulises", porque migrar no era fácil, y el marica se rió a carcajadas. Por eso me caía bien Camilo, un tipo desparpajado. Entablé amistad con él estando en la universidad. Varias veces pegué del salón de clase para ese local en lugar de salir directo para la casa. Tomar cerveza y hablar mierda en ese punto tenía su encanto. Además, fue el primero que me abrió crédito. Podía emborracharme sin tener un peso y pagar luego; un sueño.

Entre mis idioteces de ese día, le dije que no era necesario salir del país, que se podía ir para otra ciudad, o podía cambiar de negocio, o algo así. Camilo dijo que era la misma cosa; para ir a empezar de cero en otro pueblo del mismo país se iba de una vez para el otro lado. Por lo menos, allá la moneda valía más. Le dije que ganar en euros y gastar en euros era la misma cosa que ganar en pesos y gastar en pesos, y me dijo que no, que si era así, pero que igual allá el trabajo estaba mejor pagado. Parecía decidido a irse, y entonces mejor le cambié el tema. Tampoco era mi misión en la vida ir persuadiendo a nadie; que se fueran todos los que quisieran.

Pasado tal vez un mes, vi en Facebook una foto de Camilo, la mejor fotografía que le he visto a uno de esos tantos que se han ido. Aunque tal vez no hubiera sido la mejor fotografía, sino la mejor descripción, el mejor pie de foto, no sé. El cuento es que Camilo compró un periódico del día en que llegó, era el Marca de España. En la portada estaba el Real Madrid levantando una copa, y a ese periódico sobre una mesa de un bar le hizo la fotografía. Con uno de sus dedos señalaba la fecha, y en la descripción decía: "En este país la noticia del día no es que ya llegué yo, y allá en mi tierra la noticia del día tampoco debe ser que me fui. Vamos con toda, porque en donde sea que uno este toca meter el culo." Así fue como me enteré de que ya se había ido. 

jueves, 10 de agosto de 2023

Irse, quedando -34

Ningún lugar, por llevado del putas que esté, se queda desocupado del todo. Alguno permanece; otro habrá de resistirse a salir. Los pueblos fantasmas son fantasmas justo porque alguien se quedó para explicar cómo el pueblo pasó a ser eso que es: un conjunto de calles tomadas por la soledad.

Se van los más aventurados, los más aburridos, los más inquietos, los hambrientos de aventura y eso que dicen que igual nada pierden porque nada tienen.

Luego está la despedida, y esos que se quedan se acostumbran a ellas, las van acumulando en su interior y casi que las van facilitando. La primera despedida, esa es la que duele; las otras ya se tornan más ligeras.

Antes de despedirme de mi hermana y mis sobrinos y de lamentar que Julia y Raúl se fueran sin despedirse, me despedí de una novia de la universidad; esa fue mi primera despedida.

Recién habíamos cumplido veinte años, llevábamos seis meses de novios y estudiábamos carreras distintas. Un día, ella me dijo que se iba de intercambio a Berlín, que iba a ser solo un año. Dijo que no teníamos que terminar, que podíamos seguir hablando por celular, por videollamada y por WhatsApp, y que todo iba a estar bien. Yo, como un hijo de esta generación, entendí que primero estaba su crecimiento y su aprendizaje, y que un año era poco, y que ella no podía renunciar a sus sueños. También, como un romántico formado por las baladas y los boleros, que creía que el amor real lo soporta todo, acepté la situación con optimismo.

Llegó el día, y ella se fue, y yo no la acompañé al aeropuerto, lloré y estuve pendiente del vuelo. Hablamos apenas llegó y seguimos hablando como ella lo había dicho. Pero apenas tres o cuatro semanas después de que empezara con las clases de alemán y no sé qué otros temas de los que estudian los arquitectos, empezó a decir que estaba muy ocupada. Luego, lo que yo escribía por WhatsApp lo respondía apenas con un emoji, y después respondía con otro emoji, pero con muchas horas de diferencia entre lo que escribía yo y lo que respondía ella. Y que tenía que entender, porque era el horario. Así, yo fui entendiendo que era una tontería jugar a tener una novia en Berlín, y no le volví a escribir.

Un día me escribió al correo electrónico contándome que se iba a quedar a vivir allá y que se iba a casar. Así finalizaba el romance universitario, la historia con mi primera novia de verdad con la que había hecho planes de vida. Ridículo.

Después de eso me quedó un miedo todo raro. Cuando le escribo a alguien y se tarda en responder o me responde apenas con un emoji, creo que se va a casar o ya se casó con un alemán.

Eso incluso se volvió un chiste, una parte de ese léxico privado entre amigos cercanos que uno construye durante los años de intercambio permanente con la misma gente. Cuando me demoro en responderle a Raúl, me pregunta justo eso, que si ya me casé con un alemán. Luego nos reímos y explico el porqué de mis silencios.

La gente que se va cree o se ilusiona con eso de que va a mantener la comunicación con los que se quedan. Supongo que esa ruptura con lo que dejan atrás se da de manera tan orgánica que ni se enteran. Lo que se quedan seguro sí se enteran del enfriamiento de esas charlas, pero igual como siguen insertados en su cotidianidad, lidiando con sus problemas de siempre, tampoco se hacen mucho lío y dejan que pase. Saben qué pasa.

La comunicación incluso se enfría a veces con gente que ni siquiera se fue, gente que uno empieza a ver con menos frecuencia y con la que las charlas por WhatsApp son un mero intercambio de emojis desabrido. Y así, esa gente también se va, aunque solo sea del corazón de uno. Es así, de pronto la gente se va casando con alemanes.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Irse, quedando -33

En mi capricho de escritor, estaba obligado a escribir un segundo libro de calidad, y ojalá, un tercero excelente. Esa iba a ser la única manera de poner un poco de tierra encima del desastre que resultó ser el primero. Para negarlo o redimirlo, como el típico arranque, el error necesario, la ópera prima ajustada a la ignorancia del momento, la ignorancia mía, claro está, tenía que conseguir un texto contundente y un corrector aventajado que me garantizara la calidad necesaria.

Ese primer libro, que a duras penas tenía lomo, era de cuentos cortos con los puntos y comas mal puestos, párrafos mal trabajados y finales deficientes. Ni siquiera fue registrado en la Cámara Nacional del Libro, lo que de alguna manera era un consuelo. Era como un individuo sin cédula, una maraña no identificada. De esas 100 copias impresas, vendí tal vez 25, y el resto se fueron regalados porque era mejor saber que estaba perdiendo dinero que ver esos libros en una caja, recordándome mi idiotez.

Cuando decidí que debía empezar a escribir el segundo libro, justo con el propósito de demostrar que sí tenía talento y que esos cuentos no podían ser lo único que hablara por mí, mi padre me dijo que nadie hacía negocios para perder, y que si uno perdía una vez en un negocio, debía buscar invertir en otro y no en el mismo. Sin embargo, como yo no estaba haciendo negocios, sino escribiendo, y el deseo de ser un novelista me hacía olvidar que en la vida no necesitas escribir una novela buena, sino ganar más de dos sueldos mínimos para poder comer y salir de vacaciones una vez al año, me lancé a escribir mi segundo libro.

Irse, quedando -32

En la universidad estudié con una muchacha que se llamaba Catalina, y varias veces tuvimos que hacer trabajos juntos. Cuando iba a su casa para terminar ensayos y reportes, me agarraba de cuenta suya la mamá. Me embobaba con el tinto tan bueno que hacía y me decía que yo tenía que ayudarla, que tenía que hacer entrar en razón a la niña. Según ella, Catalina no debía quedarse estudiando en Tuluá, tenía que irse para Bogotá, tenía las oportunidades y no las podía desperdiciar quedándose en ese pueblo, amarrada a un tontarrón que no tenía ningún futuro que ofrecerle.

Yo conocía al novio de Catalina, un tipo charlador que había aprendido, según decía, a fabricar cerveza viendo videos de YouTube. A eso se dedicaba, a bregar con su marca de cerveza artesanal. Catalina estaba orgullosa; eso era luchar por un sueño. Para la mamá, era todo lo contrario. Su niña se estaba condenando.

Por eso es que las muchachas tienen que irse de sus pueblos para estudiar en la capital. Tienen que ver cosas diferentes, encontrarse con gente distinta, variada, gente que no sea la misma que ven todos los días, como en los pueblos. Una muchacha que se queda en su pueblo termina casándose con lo peor y ni culpa tiene, porque ¿de dónde va a elegir? Pero en la capital es diferente, en las ciudades grandes, las universidades grandes, allá sí, allá hay de dónde escoger.

Además del tinto, la mamá de Catalina me daba empanadas. La atención me parecía de primer nivel, y aunque Catalina, incómoda, siempre le estaba diciendo a la señora que se fuera a hacer sus cosas y no nos distrayera, yo no me sentía ni implicado ni incómodo. La señora se preocupaba solo por su hija, y a mí nunca me dijo, "mijo, usted se tiene que ir porque las mujeres buenas están en otra parte". Ella asumió que yo estaba en Tuluá porque ahí debía estar. Yo era uno de esos que no se merecía a su hija. Ella lo creía y no lo ocultaba. Por eso me caía bien, una señora con buen ají, generosa con el tinto rico, sin miseria con la comida y, lo más importante, sin ningún interés en que yo fuera su yerno. Imposible no tenerle cariño. Al final, la señora lo consiguió, pero a medias. Catalina sí se fue a terminar la carrera en Bogotá, pero el cervecero se fue con ella a bregar con su marca artesanal en otro lugar.

martes, 8 de agosto de 2023

Irse, quedando -31

Antes de acostarme a dormir, juego un rato con una aplicación de radio que me muestra el globo terráqueo repleto de puntos verdes. Cada punto de esos es una estación de radio. Me gusta desplazarme por cada continente y oír cualquier estación, la que caiga, pero lo que más hago es ubicar esas ciudades en las que sé que está viviendo uno de esos amigos o conocidos míos.

Lamento que el celular no tenga una pantalla más grande para ubicar mejor a esos que se fueron a vivir a una isla, así como lo hizo mi hermana. Se ven tan pequeñitos esos trocitos de tierra en mi celular, que hasta me pone nervioso. Oigo estaciones de radio de Madrid, de Buenos Aires, de Antofagasta, de Puerto del Rosario, de Melbourne, de Quito, de Miami, de Nueva York, de Atlanta, de Macapá, entre otras varias.

Algo que he notado de todas esas estaciones cuando las comparo es que las pautas comerciales son todas muy similares, al menos en los países de habla hispana. El lenguaje publicitario es un puente entre sociedades y, para mí, una ventana a la cotidianidad de esos que ya se fueron. No sé si ellos escuchan o no la radio del lugar en el que viven, pero yo sí, aunque sea por algunos segundos. Sé cuál es el restaurante de moda al que seguro no podrán ir, así como no podían ir a los de acá. También sé que por allá, al igual que acá, en algún momento del día suena una canción de Karol G o Shakira.

viernes, 4 de agosto de 2023

Irme, quedando - 30

Además de Nacho, tuve otros dos vecinos que me resultaban muy curiosos. No sé qué posibilidad existe de que una persona conozca a gente así en una vereda entre las cordilleras, pero en mi caso, allá estaban. Además del viejo casi ermitaño, un cazador y un hare krishna, y un cachetón que, pasados los años, iba a dejarse llevar por el arrebato de ser, dizque, novelista, como si fuera el hijo de una científica caucana o el hijo de un médico paisa o el descendiente adinerado de una familia cualquiera de esas donde hay herencias, o sea, yo.

Hoy me parece que si me decidiera por fin a usar el pasaporte, no encontraría en el mundo un lugar en las montañas en el que vivan al mismo tiempo tres hombres como esos. Si además de eso quisiera encontrar también a un niño que los observe sin saber que luego va a querer escribir sobre ellos, sería todavía más difícil.

Y en caso de que los encontrara, ¿qué haría yo? ¿Me quedaría ahí a vivir cerca de ellos para observarlos de lejos?

Aunque sería muy complicado tener que perderme lo que van a decir los que se quedan al enterarse de que me fui y estoy viviendo en Estonia, porque solo allá pude encontrarme con un casi ermitaño, un cazador, un hare krishna y un cachetón que los mira, y que yo lo miro mirarlos, y los miro a ellos porque me recuerdan mi infancia.

Y que no mando plata para que mi papá y mi mamá le levanten un tercer piso a la casa, porque ya estaba sabido desde siempre que yo era un mal hijo, flojo y más bien aturdido.

Es difícil eso de no poder estar en todas partes al mismo tiempo y tener que decidir dónde estar y qué abandonar, qué dejar atrás.

jueves, 3 de agosto de 2023

Irse, quedando - 29

Me gustaban las fiestas que armaban los que recibían la plata enviada por los que se habían ido. 

Me disfruté más de una de esas guachafitas, licor para bañarse varías veces, comida suficiente para atascarse y enfermar y hasta parrandón Vallenato, todo sin meterme la mano al bolsillo. 

Los mal hablados y los envidiosos, así se hubiera gozado las fiestas, salían diciendo que para botar la plata así tenía que ser porque los idos trabajaban por allá en algo no muy santo, eufemismo para decir que allá se iban a putear y a mover drogas, de ahí, de esa malaleche, salía el cuento de trabajar con la DEA y de irse para otro lado a cuidar viejitos. 

Por esos días, cuando me decían que alguien se iba a o se pensaba ir, a mí me empezaba a saber la jeta a lechona y a whisky, porque así es uno, cuando se gasta la plata que trabaja otro, se da los gustos, porque el aguardiente es para los que se emborrachan en pesos, pero la parranda en euros es otra vuelta. 

Aunque lo digo en pasado porque eso se acabó. 

Ya no se ve ese derroche y los que se van, yo no si es que no mandan o ahorran para quedarse a vivir por allá y nunca volver o mandan lo justo para que los que siguen acá no se les envolate la casa, o es que ya nadie se va a repartir culo, en todo caso, las fiestas en nombre del ausente se acabaron y todos estos, los de mi generación que se están yendo no mandan ni revistas viejas, ni periódicos, ni libros, ni cajas de fósforo vacías o gorras publicitarias del restaurante en que trabajan. 

A Raúl le dije que me mandará un periódico deportivo que tenía en la portada una fotografía de James cuando llegó al Real Madrid y me dijo que para qué, que ese papel no lo quería nadie ya, que revisará la nota en internet, que para eso era. 

Para no decir más, eran buenas fiestas las de antes. 

miércoles, 2 de agosto de 2023

Irse, quedando - 28

Que tantas amistades mías se estuvieran yendo para el extranjero me pareció en algún momento una ventaja, una situación a la que podía sacarle provecho.

Agarré una libreta y apunté nombres y nuevos lugares de residencia y saqué cuentas y concluí que cada uno de los que me anunciaba que estaba a punto de subirse a un avión que lo sacara de este país, se podía llevar en la maleta un par de libros míos, 46 libros de mi autoría rondando por el mundo, la autopublicación cruzando fronteras.

El proceder era muy simple, esas amistades mías que llegaban a España, Italia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Brasil, Chile, México, Ecuador y Argentina, solo tenía que llevarse el libro y dejarlo abandonado por ahí, así como quien se olvida el paraguas o la gorra o el poncho, en un café concurrido, un centro comercial, un museo, un bus, el metro, el cine, cualquier lugar donde se pueda creer a simple vista que ese libro puede encontrar un lector, no más que eso, no se trataba tampoco de comprometer o incomodar a mis amistades.

Después de eso y si la fortuna lo quería, mi correo electrónico iba a empezar a recibir mensajes de lectores que tal vez albergaran alguna curiosidad que quisieran aclarar.

O tal vez si la fortuna era mayor, uno de esos libros podía caer en las manos de una celebridad de las redes sociales que hiciera una fotografía que me pudiera convertir en un autor marginal con un seguidor extranjero.

Pensaba eso porque algunas bandas independientes de mediados de los 2000 solían dejar abandonadas memorias USB o uno que otro CD sin marcar con dos o tres canciones nuevas que se iban dando a conocer de a poco entre la gente.

Yo ya había probado ese método en el pueblo y el resultado fue el mismo que se podría obtener arrojando los libros a la basura, pero como uno acá cree que los extranjeros son mejores, de pronto por allá podía funcionar.

Mi hermana se llevó tres libros, mi cuñado apenas uno, Fernando cuatro, Julia y Raúl ninguno porque se fueron sin despedirse. En total y hasta el momento hay diez libros míos en tres continentes y todavía no me ha llegado el primer correo. En la casa me dicen que si hubiera salido adicto a las apuestas perdería menos plata y yo hasta les creo.

Irse, quedando - 27

Mi hermana compró los pasajes con cinco meses de anticipación y solo puso al tanto a la familia. Empezó a organizar su partida, que también era la de sus hijos.

Chequeos médicos, visitas al odontólogo, papeleo en el colegio. Todo eso sin decir, es que nos vamos a ir, es que ya vamos saliendo, es que mi marido nos espera en otro continente.

Así lo hizo también mi cuñado, que se lo comunicó a su papá y a su mamá una noche antes de irse, justo así, que ya se iba, que un amigo suyo lo esperaba y que iba a trabajar en construcción mientras se acomodaba.

Cuando algún vecino preguntaba por mi cuñado, que hacía días no lo veía, mi hermana no mentía, pero tampoco decía la verdad, respondía que por ahí estaba, en el trabajo, que lo tenía muy ocupado, en efecto era así, el tipo estaba quebrándose la espalda, pero en otro lugar, lugar que ella no detallaba, porque eso no era algo que les importara, decía mi hermana.

Ese hermetismo al que ella le dio tanta importancia a mí me parecía su escudo protector, se iba, pero si a los meses tenía que volver, derrotada, por lo menos tenía el consuelo de decir que no había dado la lora, ni celebrado antes de tiempo, su plan B vivía en la discreción.

Por eso compró las maletas esa misma semana en la que se fue y las dejó en el carro y las sacó por la noche cuando ya no hubiera ningún vecino por ahí levantado que la viera bajarlas y empacó y las guardó también en el carro en la madrugada.

Contado así pareciera que se fue a escondidas y no asustada, como de verdad iba, llena de nervios.

martes, 1 de agosto de 2023

Irse, quedando - 26

Cuando uno tiene amigos que estudian humanidades termina leyendo libros que de otro modo tal vez no leería, en mi caso, el amigo mío que se fue para Argentina a estudiar sociología en la universidad de Buenos Aires y que ahora vende tiquetes en una terminal de transporte donde lo ayudó a cuadrar el papá, me prestó un libro que se llama Walden. 

Un párrafo completo para decir que un amigo me presto un libro, es verdad que puede ser excesivo, pero no puedo decir que estoy entrando en detalles que no vienen al caso, porque si el amigo mío estuvo siete años en Buenos Aires trabajando de mensajero y mesero y jardinero para mantenerse allá y volverse con un título universitario lo mínimo para hacerle justicia a su aguante es decirlo cada que se presente la oportunidad. Además, el libro estaba editando en Argentina. 

Leí como cuarenta y tres páginas y lo deje de lado porque lo que me gusta leer a mí son novelas, aunque más que eso me aburrió porque mientras lo leía no pensaba en el señor ese David Thoreau que lo había escrito, yo pensaba era en Nacho, el vecino mío de la infancia. 

Ese señor no vivía en un bosque, pero vivía en una montaña y también cultiva su propia comida y comía carne si era capaz de sacarse un pescado de la cañadita que pasaba cerca de donde había armado su choza, además había renunciado al gas de pipa y la electricidad y al televisor y al radio y hasta al baño porque eso tampoco tenía. El inodoro se podía ver ahí al bordo de la carretera, en ese puesto donde antes había estado su casa.  No volvió a salir al pueblo ni a tener una conversación prolongada, ese Nacho, el que yo tuve de vecino, estaba conectado con la naturaleza, no era esclavo de ningún capital y todavía mejor, a diferencia del escritor, Nacho no estaba jugando a los experimentos, ni iba a escribir un libro y ni siquiera había leído Walden, lo suyo era genuino y yo lo había tenido ahí al frente para observarlo y creer, en ese momento, que estaba loco. 

Entonces me resulto impostado el libro de don David, así reflexionará mucho y mejor se lo devolví a mi amigo que al igual que yo nunca iba a tomar la decisión de vivir como Thoreau porque es más fácil renunciar a un riñón que al internet. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...