Tuve un vecino que golpeaba un tambor se rapaba y decía que era hare krishna, no mataba a las hormigas arrieras aunque se comieran lo que sembraba y lo que hacía era intentar ahuyentarlas, sin ese señor no hubiera entendido que existían vegetarianos y creencias más allá de la cruz.
Otro vecino, el de las fiestas entre semana y el quipo de sonido potente, me ayudó a descubrir que el vallenato era más que el binomio de oro y Carlos Vives.
Sin la vecina de las convulsiones y los bajones de azúcar nunca me hubiera convencido de la importancia de inscribirme en un curso de primeros auxilios.
También está el vecino de Florencia, Caquetá, que me habló tanto de su ciudad y de la gente y de la región y de los ríos que me terminó motivando a llegar hasta allá, de otro modo yo hubiera terminando vacacionando en una playa como tantos.
Es posible que sea yo el vecino que no hizo otra cosa que ser un vecino, no está ni bien ni mal, pero es cierto que hay vecinos que abren el mundo y de los que se pueden aprender cosas.

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