Mañanas lluviosas con olor a barro, vendedores de libros piratas que no puede repartir su mercancía en la acera y aún sí se estacionan en el lugar de siempre embutidos en impermeables con el producto entre las cajas y la atención despierta para responder dudas, se lo tengo, madre, se lo tengo, se vende mucho, se ve que lo piden en el colegio.
El señor que pita desesperado en el semáforo y el tipo que dice en CNN en español que las crisis son oportunidades y ese viejo que se escampa en la cafetería y no sabe que más hacer con esas gafas a las que no para de secar desde que salió de su apartamento.
Ese zapato que ya se fue al charco y ya se mojó y ese frío en el pie que sube hasta la nariz y ese caballo sin dueño que vaga tranquilo rompiendo bolsas de basura y dejando regueros como pistas.
También el estruendo interno y el crujido en el pecho y la sensación de irrealidad y el viento golpeando los carteles y el ser querido partiendo con la maleta al hombro y el rostro afligido y ese ultimo abrazo y los caminos divididos y la incertidumbre y la lluvia que no para y la mañana que no parece acabar y el regreso a casa en solitario y la certeza de que hay mañanas que no pueden ser soleadas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario