El hombre es consciente de la fuerza que posee. Entendió hace tiempo que no es mucha. No se compara con la de otros hombres de su tamaño y edad. El hombre sabe también que en ese punto y lugar no importa si es poca, lo que de verdad importa es su disposición, debe dejar de mirar y actuar, debe aprovechar el sentido de la oportunidad.
Se acerca al carro como lo han hecho otros y agarra la cuerda, se acomoda y empieza a jalar sin importarle que los tenis se hundan en el barro. Cuentan: uno dos y tres y jalan, cuentan: uno dos y tres y jalan. Mientras tanto en la parte trasera del carro otros empujan, algunas mujeres y niños y viejos esperan a un lado de la carretera.
Con fuerza escasa el hombre sabe que su ayuda importa poco, pero no va a ser el único que llegue a ese pueblo con los zapatos limpios, no permitirá que la primera impresión que se lleven de él sea la de que es un flojo.
El conductor acelera y dice que ya casi, que ya casi sale. Cuando por fin consiguen sacar al carro de ese paso malo todos vuelven a subirse para seguir el camino.
En la plaza del pueblo el hombre observa como la gente se cambia los zapatos embarrados por zapatos limpios que llevaban en sus bolsos, alguien le dice que sí fue que nadie le informó que necesitaba zapatos de cambio. El hombre responde que no y le dicen los que lo oyen que muy mal, muy envolatado. El hombre tranquilo se aleja de la gente, una vez más lo consiguió, prefiere que crean de él que es un hombre envolatado y no un hombre sin fuerza.

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