El hombre más triste del mundo llegó a vivir en el oriente de Caldas, se compró una casita cerca al río La Miel, ahí más abajó de la vereda La Tebaida. Los vecinos no se percataron de la presencia del recién llegado hasta que empezaron las procesiones de visitantes de todas partes del mundo. Para el viejo de las canchas de tejo del pueblo, la presencia del hombre más triste del mundo en esas tierras le permitió por primera vez estrecharle la mano a un gordo alemán y a un vegano francés y hasta a una señora de Turquía que no hablaba nada de español.
El hombre más triste del mundo dedicado a sembrar yuca y criar pescados en estanques artificiales que llenaban con agua que sacaba del río y que luego al río devolvía no se había propuesto convertir su finca en lugar de peregrinación, el negocio del turismo no le importaba, él sólo quería vivir allá, pero tampoco echó ni plantó, ni devolvió a nadie, si lo visitaban era por algo y a todos les dedicaba sus minutos.
Las visitas eran cortas, el hombre más triste del mundo cruzaba un par de palabras con sus no invitados y luego atendía a otros o seguía con sus estanques y sus pescados. La mayoría de las veces hacía las dos cosas al tiempo. El propósito de los visitantes era demostrarle al hombre más triste del mundo que nadie podía ser el hombre más triste del mundo.
El hombre más triste del mundo no contradecía, escuchaba sin interrumpir, atento. Todos los días el hombre más triste del mundo escuchaba historias tristes de gente que se negaba a estar triste, gente que le ponía ganas a la vida. Otros solo querían saber porque el hombre más triste del mundo era el hombre más triste del mundo y el hombre más triste del mundo se quitaba el sombrero y dejaba ver su cabeza calva y el tatuaje en la frente que decía "el hombre más triste del mundo" como si ese tatuaje que para ninguno de sus visitantes era un secreto pudiera responder esa pregunta.
El hombre más triste del mundo se volvió viral y una figura reconocible en internet justo por haberse hecho ese tatuaje. Y esa era la pregunta más frecuente que sus visitantes le hacían, por qué se había tatuado esa frase en la frente. El hombre más triste del mundo entregaba a cada uno de los que preguntaba una respuesta diferente, existían cientos de versiones, una de ellas era que el hombre más triste del mundo llevaba más de veinte años intentando olvidarse de algo y no lo conseguía, una muchacha de ojos claros, decían, una mascota de la infancia, decían otros, un abuso brutal, un crimen. No se sabía por que el hombre más triste del mundo era el hombre más triste del mundo, pero otra vez sabíamos en dónde vivía y lo seguiríamos visitando y comprándole pescado si hacía falta.

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