Estuve en el apartamento de la muchacha que me gusta y me dejó pasmado saber que no tiene en su cocina siempre a la mano un directorio telefónico para hojear mientras espera a que la leche hierva.
De verdad que no la entendí.
Cómo pone a colar el café sin esperar recostada en el aparador mientras le echa el ojo a un poemario, unas páginas amarillas, los clasificados de un periódico, un catalogo de herramientas o la edición actualizada del reglamento para el voleibol masculino.
Me tuve que ir de allí de inmediato y todavía no salgo del estupor.
Cada vez resulta más difícil encontrar gente normal con la que relacionarse y cómo si fuera poco la muchacha esa me dijo, raro, ni siquiera funambulesco.

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