Escuché en la radio esta mañana que murió un editor de apellido y nombre extranjero. Trabajó muchos años en una revista de esas por suscripción, de las que nunca hay en las salas de espera, de las que lee la gente culta y se canalean los poetas en bibliotecas públicas.
Con voz afectada un escritor que lo conoció lamentaba su partida. Le hablaba a los oyentes de la generosidad y el profesionalismo y el humor y su gusto por la buena comida, un gastrónomo excelso dijo para terminar.
Un hombre hermoso comentó una periodista y tan joven, dijo otro, apenas 31 años. Me quedó sonando la edad, corrí al computador y escribí el nombre y lo vi, el editor que se tuvo que morir para que yo quisiera saber como se veía el editor que se murió sin saber de mí.

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