Siempre pude decir no y
no lo hice sabiendo que las cosas podían ser distintas o mejor creyéndolo a
medida que iba pasando los días y la noches que el limón aprovechaba al máximo para
crecer en la huerta de la casa de madera vieja en donde vivía Jaime a quien yo
le decía que si por favor le regalaba unos limones a mi mamá que me seguía mandado
a esa casa porque no sabía lo que se escondía en el limón porque yo no había
dicho nunca que no y era que ella tampoco me preguntaba cuando volvía con
limones verdes y maduros cómo me había ido y no preguntaba por qué siempre
llegaba cortado y no sabía ella que cada vez que iba me lastimaba con las
espinas filosas de las ramas del limón que hablaba y me decía que nada me iba a ir bien
en la vida porque siempre me cortaba con las mismas espinas y que no aprendía y
seguía yendo para volverme a chuzar.
lunes, 9 de mayo de 2016
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