No
se siembran árboles frutales al bordo del camino, ni de la carretera. La gente
se roba las frutas, las tumban sin dejarlas madurar siquiera y si no alcanzan
la rama le pegan con una vara larga hasta que se caiga y no importa el daño que
le hagan al árbol; o le tiran piedras y no pueden condenar a un árbol a que sea
apedreado sólo por el lugar en el que decidieron plantarlo. Amparo escuchó con
atención al señor. Estaban negociando una orquídea silvestre que él había
bajado de un naranjo que estaba en su huerta. Las orquídeas como esas, nacen
donde ellas quieren, dijo Amparó, y vea, eso no evita que alguien las baje y se
las lleve. El señor estaba de acuerdo con Amparo, él ya tenía sus años y
siempre había vivido en la montaña y nunca había visto que le tiraran piedras a
una flor. Aunque tampoco había visto que pagaran tan bien por ellas.
martes, 3 de mayo de 2016
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