jueves, 27 de julio de 2023

Irse, quedando - 21

Virginia Woolf hablaba de una habitación propia y una renta fija como el punto de partida necesario para que una mujer pudiera escribir y la idea resulta ser tan ganadora que con el paso de los años lo que fue pensando para el género femenino consiguió alcanzar y cobijar a un oficio o profesión, las personas que quieren escribir necesitan esa habitación y esa renta. La de Woolf es hoy una idea fluida. Menos no se podría esperar de una escritora de su nivel.  

Siendo así, yo tengo una habitación propia y una renta fija gracias a que mi papá y mi mamá me dejan seguir en su casa viviendo con ellos. Solo así un tipo como yo ha podido darse el lujo de escribir, de intentarlo, porque el espacio y la renta no garantiza el talento.

Después de leer a Lucía Berlín me quedó la sospecha de que le hizo falta más de una vez la habitación y la renta y, sin embargo, sus cuentos destilan talento. Un problema, porque además de habitación y renta para escribir, también hace falta talento y como si fuera poco, valentía, quién iba a creer hace ciento cincuenta años que las condiciones fáciles de conseguir son las dos primeras. 

Llevo años trabajando y con lo que me gano seguro puedo pagarme un cuarto propio, pero seguro podría perdérseme la comida y no me quedaría tiempo para escribir nada o muy poco. La opción de sentarme tres o cuatro horas frente a teclado todos los días se sustituiría por la escritura de los sábados y domingos y en últimas escribir sería un pasatiempo, una afición y no un oficio. 

Seguir en la casa de mis padres siendo un mantenido a medias me ha permitido escribir y ahorrar lo suficiente para pagar la publicación de los libros, porque para mí escribir siempre ha sido perder la renta y poner en riesgo la tenencia de un cuarto propio. 

En caso de que tuviera talento y valentía, ya hubiera abandonado el embeleco de ser novelista para dedicarme a prestar plata gota a gota, ese parece un deseo más noble. 

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