miércoles, 19 de julio de 2023

Irse, quedando - 16

Con el sol quemándonos las espaldas y las llantas de las bicicletas derritiéndose al contacto con el asfalto, Julia me comentó que ya se había decidido, que se iba para España. 

Si en ese momento no se me hubiera estado yendo la vida en cada pedalada le hubiera preguntado por qué, pero la trepada de la pendiente me impedía pronunciar palabra y el aliento a duras penas me permitió decir que sí, que bien. 

Al terminar la ruta no sentamos a tomar cerveza en una tienda y ahí, en vez de mostrar interés en lo que la motivaba a irse, pregunte por detalles más mundanos como cuánto le habían valido los tiquetes. 

En lugar de darme una cifra, Julia me explicó que con lo que le pagaran a fin de mes y la venta de la bicicleta completaba lo del vuelo, incluso me ofreció la bicicleta a mí, como si yo pudiera darme el gusto de tener más de una. 

Julia estudió literatura en la universidad del Cauca y como tantos otros egresados de esa carrera, estaba haciendo algo muy diferente a lo que imaginó mientras estudiaba. 

Llevaba más de tres meses cuidando a los hijos de un concejal del pueblo que, según me comentaba, todavía sentía poco aprecio por cualquiera de esos individuos dedicados a las tareas del cuidado. 

Según Julia, para aguantarse las humillaciones de cualquier levantado infeliz con plata del pueblo mejor se aguantaba las humillaciones pagadas en euros por los extranjeros que por lo menos eran los colonialistas y esclavistas originales. 

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