viernes, 14 de julio de 2023

Irse, quedando - 13

El problema con ese momento mágico en el que uno cree descubrir su vocación es justo que se presente como mágico y no como lógico, porque si fuera lógico uno no se desbocaría ilusionado y ciego de tras de algo para lo que a todas luces no sirve. 

Uno de mis compañeros de colegio decía que su vocación era salvar a los animales y no fue capaz de terminar la carrera de veterinaria porque le daba pesar cortarlos para realizar las intervenciones quirúrgicas necesarias para salvarlos; acabó estudiando ingeniería ambiental y liderando grupos de activistas que se empelotan durante las cabalgatas para protestar contra el maltrato. Ya aprendí que no debo preguntarle a cuantos animales ha salvado porque se emputa. 

Mi historia no es mejor, a los veinte me dio por decir que quería ser escritor, como si tuviera alguna posibilidad de conseguir algo notorio en ese campo, y entonces estudié una carrera cualquiera, una licenciatura, con la esperanza de terminar metido en el magisterio y aprovechar los largos meses de paro y el sueldo recibido por decir que el gobierno los quiere a todos brutos, para escribir mis novelas. 

No hizo falta que pasara mucho tiempo para darme cuenta de que todo iba a ir en caída libre para mí y que se podía conseguir mucho más como activista, sin importar si se trata de defender árboles o animales. Le digo a mi compañero que yo no veo que andar por ahí protestando y jodiendo, le dé plata y me dice que no es por el vil metal, sino por la satisfacción, cosa que no sé qué es, o para qué sirve, todavía.  

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