Puede ser que me rodeo de un pequeño grupo de gente que no se debería dejar ni ver por ahí, es posible que seamos la muestra estadística menos conveniente para ilustrar el saludable desarrollo de una ciudad, quién sabe, el caso es que puedo señalar a varios que más o menos están en las mismas que yo.
No voy a decir sus nombres porque tampoco es que haga falta hacerlo para poner en claro el asunto, con decir que son mis amigos es suficiente.
Está el licenciado en lenguas que toca la guitarra, pero no trabaja de profesor en ningún colegio y funda bandas de rock que nacen muertas y se rebusca las monedas con clases particulares esporádicas.
El Otro amigo que fue a Argentina y estudió sociología y volvió para pintar casas y sigue pasando hojas de vida mientras todo mejora y le sale algo en el campo académico, él tiene fe y su mamá debe tener más.
Amigos y amigas que se casaron y se divorciaron sin alcanzar a celebrar el quinto aniversario, de esos tengo varios, y varios de esos volvieron a las casas de sus padres con los frutos del matrimonio. Convertir a las abuelas en niñeras no remuneradas es una de las pocas cosas que mi generación sabe hacer bien.
También está el amigo sicólogo, que se piensa ir de la casa de los papás cuando el consultorio despegue, lleva tres años despegando.
El amigo que es enfermero y no se va de la casa materna porque no ha encontrado una pieza barata y el artista plástico que sí se gana la vida como artista plástico, pero tiene el taller en la casa del papá que es el que le ayuda a vender los cuadros.
Como digo, somos muchos, eso no da consuelo alguno, daría vergüenza, en caso de que supiéramos lo que eso es.
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