Raúl aprendió a cocinar en una academia de Bogotá y volvió a Tuluá con el propósito de abrir un restaurante elegante, traía con él todo el discurso que empezaba a cobrar relevancia entre el sector de la gastronomía, el entretenimiento y el turismo, por esos días.
Además de comida, iba a ofrecerle a la gente una experiencia, no era calmar el hambre, era consentir el paladar y estimular los sentidos y disfrutar de un espacio que le diera prioridad al goce estético, eso decía él.
La iniciativa duró tres meses y aunque su padre y patrocinador lo había advertido, Raúl prefirió comprobarlo. Tuluá no estaba todavía lista para sus propuestas y por eso Raúl para pagar deudas opto por convertir su restaurante en pizzería y ahí sí, la situación fluyó y Raúl supo bien lo que era atender a más de cuatro o cinco clientes en una noche.
Raúl pudo pagar sus deudas y contratar empleados y empezar a comprar cosas, porque si uno trabaja y no compra cosas, entonces para qué trabaja, porque la gente tiene que ver que algo está haciendo uno con lo que se gana, decía una vez un cura en la misa, justificando el hecho de que él así sacerdote y todo estrenaba carro porque para eso él tenía más trabajos aparte de ese de ser pastor de la iglesia de Pedro.
Por eso Raúl se compró un carro nuevo y cuando lo vi bajarse me quedó claro que él ya era de mis amigos, el aventado, él de mostrar y sentirse orgullo. Él todavía se notaba frustrado, lo que quería era cocinar de verdad, pero la pizzería había pegado y la plata no se le hace el feo.
El cuento es que Raúl también se fue y en el extranjero, ni cocina gourmet, ni pizza, por allá lava platos y baños y bolea ladrillos en obras de construcción.
Lo extorsionaron una vez y pagó y lo extorsionaron otra vez y pagó otra vez y le quisieron fijar una cuota y dijo que no, que no estaba él para mantener a nadie y estallaron el restaurante y le siguieron enviando mensajes amenazantes y por eso se fue, así me lo explicó por teléfono estando ya por allá.
Irse es lo natural, pero irse obligando por las amenazas contra la vida siempre será una experiencia que deja un mal sabor, no importa si se es cocinero o no, o si se va a Bogotá o a Europa.
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