miércoles, 12 de julio de 2023

Irse, quedando - 11

Nacho, no tenía hijos, o por lo menos hasta donde yo supe, no los tuvo. 

Estoy hablando de un tipo, sin familia alguna, menos aún creo que estuviera al tanto de lo que significaba cuidar a un niño o permanecer más de dos minutos interactuando con uno. 

Su compañía era una guitarra, se sentaba días enteros a tocar el instrumento o a estudiarlo porque tampoco es que esté elaborando el perfil de un intérprete excepcional enterrado en las montañas. 

Se sabía una que otra ranchera y también cantaba rondas infantiles. No sé por qué le gustaban, pero le salían muy bien, vi y oí a más de uno ir por la carretera, tarareando, arroz con leche, me quiero casar... 

Y también vi y oí a los jornaleros entre los cafetales pasar con velocidad de una rama a la otra, desprendiendo con prisa los granos sin dejar de tararear, y la iguana tomaba café, tomaba café a la hora del té. 

Resultaba bastante contagioso el canto de Nacho y en esos años era lo más parecido al fenómeno que hoy conocemos como viral, lo viral escenificado en un ambiente discriminado y controlado, diría mi amigo, el sociólogo que pinta casas y sigue buscando trabajo en el sector académico.

Algo que también le gustaba mucho a Nacho era jugar con el famoso dubi dubi que tanto le han admirado a Frank Sinatra. Dudo mucho que Nacho hubiera escuchado Extraños en la noche, o que estuviera enterado de la importancia que tuvo para la música que un señor hubiera podido transformar con tan notorio resultado una onomatopeya en esa fabulosa expresión lírica. Igual lo hacía, de manera desprevenida, tocaba la guitarra y hacía tara tara ra ra y así con otras combinaciones. 

Cuando Nacho vivía al bordo de la carretera, antes de haber decidido echarse su casa al hombre y vivir metros más abajo entre cafetales, nunca había cantado con el gusto con el que lo hacía, tal vez irse, aunque hubiera sido un poquito más abajo había significado para él algo que no podíamos entender los otros. 

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