Antes del segundo o tercer trasteo de mi vida era un niño y vivía en una vereda del oriente de Caldas. Allá conocí a un señor que se llamaba Ignacio, era uno de los varios vecinos que teníamos. Vivía solo y callado, viejo excéntrico, dirían algunos. Lo llamaban Nacho.
De un momento a otro ese señor decidió que no quería vivir más al bordo de la carretera y agarró un martillo y desarmó su casa de madera y se la cargó tabla por tabla y viga por viga y guadua por guadua y hoja de zinc por hoja de zinc, doscientos o trescientos metros más abajo donde la volvió a armar sin la ayuda de nadie y sin dar explicaciones porque a nadie se las debía.
Los que lo vieron realizar esa operación durante el par de días que le tomó, comentaban que estaba loco y yo que era un niño repetí lo que decían esos otros y dije también que Nacho estaba loco. Años después me pareció que no, que Nacho estaba bien cuerdo. Incluso, sin proponérselo, me ayuda ahora a entender una que otra cosa.
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