lunes, 31 de julio de 2023

Irse, quedando - 25

Cuando estuvimos en el colegio hicimos lo posible por no aprender, esa parecía ser nuestra bandera revolucionaria. 

Quedarse por fuera del salón para evitar las clases, copiar las tareas que eran para español mientras el profesor explicaba cálculo, eso era lo que hacíamos. 

Nuestro interés era ridiculizar a la profesora vieja y fastidiosa y soñar con las tetas de la primípara que estaba rica; agarrar de recocha al de filosofía, que estaba bueno, para que las muchachas dejaran de lubricar mientras le miraban el culo al tipo cuando escribía maricadas en el tablero, como si con nuestros chistes pudiéramos hacer que el tipo pareciera un tonto, como si no lo fuéramos nosotros. 

Eso fue lo que hicimos, fumar marihuana y probar perico y pepas y hacer lo necesario para pasar los años con lo mínimo. Nos esforzamos poco estudiando porque las energías estaban mejor enfocadas en planear las fugas del colegio para pasar el rato en la casa sola de algún compañero que no le viera problema a prestar el cuarto para manosearse con alguna pelada del salón que también quisiera descubrir que era eso tan bueno que movía al mundo y desconcentraba tanto. 

Nos graduamos, pero fueron muy pocos los que obtuvieron un buen puntaje en el examen para entrar a la universidad, una generación de mediocres fuimos y aunque sufrimos en la universidad al descubrir todo lo que otros sí sabían y habían aprendido en el colegio tampoco nos esforzamos más de lo necesario para conseguir el cartón de pregrado. 

Y cuando empezamos a hablar de salir del país y los que se iban nos contaban a los que nos quedábamos cuáles eran sus planes y en que iban a trabajar y en como era irse de ilegal y en cuanto valía un dólar o un euro en comparación al peso, podíamos darnos cuenta de que ninguno de nosotros, esos amigos de colegio, esa generación que reclamó oportunidades que no supo aprovechar, se iba de Colombia porque le había salido una beca en una universidad importante, con nosotros no se estaba dando la fuga de cerebros sino la fuga de espaldas, de manos de obra barata. Lo curioso es que algunos recordemos el pasado con risa, seguros de que no cambiaríamos nada, ganadores de esa revolución. 

viernes, 28 de julio de 2023

Irse, quedando - 24

Julia es una experta en irse. Julia se fue del país, pero antes de eso, ella se había ido ya de la casa de sus padres de muchas formas.

El curso de los acontecimientos que tomó cada una de sus partidas la terminó llevando de nuevo a la casa, aun en contra de su voluntad.

Se fue a estudiar a la capital y volvió tres años después con apenas tres semestres de carrera, después de estar casi tres años viviendo por allá, eso gracias a los permanentes paros estudiantiles a favor de la educación gratuita.

Se cambió de universidad y se fue para Cali, pero tuvo que esperar seis meses en la casa paterna mientras adelantaba los trámites y corregía trabajos universitarios de otros estudiantes que no estaban lidiando con los problemas que lidiaba ella para ganarse uno que otro peso.

El día que por fin terminó la carrera, Julia consiguió un novio con el que se fue a vivir a Popayán y como el amor es mentiroso y la suma del sueldo de ambos no sumaba una pareja boyante y feliz, pragmáticos ambos, le pusieron fin al rejunte y ella volvió a la casa materna dos años después de haberse ido.

Si en Tuluá las oportunidades de trabajo abundaran, Julia se hubiera quedado, pero de todas las hojas de vida que envió, el trabajo que le salió estaba en Pereira y para allá se fue. Arrendó apartamento cerca de la oficina, se cortó el pelo y se hizo otro par de perforaciones para tener aretes nuevos y cuando estuvo a punto de decir que la estabilidad estaba con ella, uno de sus hermanos se dio en la jeta manejando borracho una moto y tuvo que volver para cuidarlo porque no había quién lo hiciera.

Por eso para Julia, decir que se iba para Madrid era un anuncio que no le generaba ningún nervio y mucho menos alguna preocupación. Se iba, ya se había ido varias veces, de la casa de los papás, de este pueblo, de la universidad, de una relación. Si no me va bien, pues me vuelvo, aunque no quiero volver, me dijo.

Y eso lo pone a uno en una posición muy rara, la de desear que ojalá a la gente a la que uno quiere y la que quisiera a su lado, le vaya muy bien, o sea que no tengan que volver, entonces uno está ahí deseando tenerlos lejos.

Irse, quedando - 23

Para irse del país no hace falta que uno antes se haya ido de la casa de los papás. Cualquiera creería que sí, que viene bien llevar un orden, seguir un paso a paso. Por ejemplo: primero termino el colegio; segundo, me voy a estudiar en una universidad de otra ciudad, no vuelvo a ese pueblo que me vio nacer, todo plagado de lelos detenidos en el tiempo, chismosos y violentos; tercero, hago mi vida en la ciudad en la que estudié, consigo un trabajo porque ya me gradué de la universidad, alquilo un apartamento porque ya no tengo que vivir en un apartaestudio y consigo un gato que me espere por la noche cuando vuelva del trabajo que me tiene por fuera desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche, y llamo a mi mamá a decirle que la extraño, pero que no puedo ir a verla pronto porque voy a trabajar en las vacaciones, ya que el jefe espera que yo me comprometa con la empresa y mi futuro, tengo que demostrar mi deseo de ascender. 

Ese es apenas un orden tentativo, puede ponerse en práctica cualquier otro, por ejemplo: consigo una novia en el colegio y nos dedicamos a culiar como si de eso dependiera el bienestar de los ositos pandas y le cascamos al asunto hasta que ella diga que tiene un retraso y luego confirme que está embarazada y entonces le tenga que decir a mi papá que me ayude con una plata para alquilar una pieza donde me voy a amontonar a vivir con la mamita de mi hijo, y luego me meto a trabajar en construcción para ir así construyendo una familia, y un día le decimos a la suegra que nos cuide el bebé mientras vamos a la registraduría a sacar la cédula. Otra cosa sería, empacar la maleta y volarse a cualquier lugar para no responder por el bebé y dejar a la pelada sola. En el primer o el segundo escenario el resultado sería el mismo al que apuntamos, un hombre que se va de la casa antes de los veinte y no se queda de mantenido diciendo que lo hace para poder escribir novelas, así como lo hago yo.

El caso es que no, no hace falta haberse ido de la casa antes de agarrar el pasaporte y pegar para el extranjero, mi hermana siempre ha vivido en la misma casa en la que vivo yo, incluso se casó y tuvo hijos y siguió viviendo con nosotros. Sí, la casa es grande, aclaración importante para despejar dudas sobre hacinamiento. 

De la casa de los papás en el sur de América a la casa de los tíos con calvicie prematura que se dan de hostias y se cagan en la leche, sin puntos intermedios.

jueves, 27 de julio de 2023

Irse, quedando - 22

Un amigo que llevaba varios meses apostándole todo a su banda de rock me invitó a verlo tocar en un bar. El evento era importante porque allí iban a presentar su primer EP.

Después de tocar dos canciones, mi amigo anunció que, además de presentar la música nueva, ese toque era también una oportunidad para despedir al bajista y al baterista que se iban a trabajar a Brasil. La gente aplaudió, como si les pareciera una buena noticia, acto que me pareció tonto, pero bueno, aplaudí también para no desentonar.

Me tomé un trago de cerveza, uno corto, porque me iba a tomar solo una. Me hubiera gustado tomarme diez, pero llevaba en el bolsillo con qué pagar una cerveza y comprar la copia del CD.

La mujer que tenía sentada a mi lado en la barra me sonreía. Me parecía que la había visto antes, pero no le hablé, no me las iba a dar de galán sabiendo que no tenía ni siquiera con qué invitarla a tomar algo. Si el par de tipos de la banda que se iban andaban tan pelados como yo, hasta lógica tenía arrancar a bregar en otra parte.

Me acuerdo de esa noche porque en ese bar fue que se me ocurrió lo de empezar a regalarle una copia de "El Síndrome de Ulises," del escritor Santiago Gamboa, a todo el que me dijera que estaba considerando migrar. Por alguna razón me dio por creer que esa aventura del protagonista de esa novela podía ofrecer un matiz sobre la migración que tal vez le hacía falta a mis conocidos que se querían ir. La intención no era que se desanimaran, pero por lo menos que lo pensaran desde otro lugar. No sé cuántos de esos libros que regalé fueron leídos, o por lo menos no lo sé todavía, porque, por ejemplo, a veces abro el correo electrónico o me llegan mensajes al WhatsApp de esa gente que se fue, contándome que el tipo de la novela exageraba y otros diciéndome que se quedaba corto. En fin, creo que hubiera sido mejor recomendar una película o un documental, porque si yo estuviera rodeado de gente a la que le gustara leer, por lo menos tendría clientela para las maricadas que escribo y público, porque, por ejemplo, el amigo de la banda al que le compré el CD, ese no me ha comprado todavía un libro.

Irse, quedando - 21

Virginia Woolf hablaba de una habitación propia y una renta fija como el punto de partida necesario para que una mujer pudiera escribir y la idea resulta ser tan ganadora que con el paso de los años lo que fue pensando para el género femenino consiguió alcanzar y cobijar a un oficio o profesión, las personas que quieren escribir necesitan esa habitación y esa renta. La de Woolf es hoy una idea fluida. Menos no se podría esperar de una escritora de su nivel.  

Siendo así, yo tengo una habitación propia y una renta fija gracias a que mi papá y mi mamá me dejan seguir en su casa viviendo con ellos. Solo así un tipo como yo ha podido darse el lujo de escribir, de intentarlo, porque el espacio y la renta no garantiza el talento.

Después de leer a Lucía Berlín me quedó la sospecha de que le hizo falta más de una vez la habitación y la renta y, sin embargo, sus cuentos destilan talento. Un problema, porque además de habitación y renta para escribir, también hace falta talento y como si fuera poco, valentía, quién iba a creer hace ciento cincuenta años que las condiciones fáciles de conseguir son las dos primeras. 

Llevo años trabajando y con lo que me gano seguro puedo pagarme un cuarto propio, pero seguro podría perdérseme la comida y no me quedaría tiempo para escribir nada o muy poco. La opción de sentarme tres o cuatro horas frente a teclado todos los días se sustituiría por la escritura de los sábados y domingos y en últimas escribir sería un pasatiempo, una afición y no un oficio. 

Seguir en la casa de mis padres siendo un mantenido a medias me ha permitido escribir y ahorrar lo suficiente para pagar la publicación de los libros, porque para mí escribir siempre ha sido perder la renta y poner en riesgo la tenencia de un cuarto propio. 

En caso de que tuviera talento y valentía, ya hubiera abandonado el embeleco de ser novelista para dedicarme a prestar plata gota a gota, ese parece un deseo más noble. 

martes, 25 de julio de 2023

Irse, quedando -20

Además de irse de la casa paterna motivado por el deseo de formar una nueva familia, existe una motivación menos conservadora, más frecuente y casi efervescente en el imaginario febril de los jóvenes, o sea mi generación, porque cuando hablo de juventud me refiero al recuerdo de la mía y la de mis amigos, hablo de algo que ya perdí, que ya es ilusión y recuerdo; me refiero al deseo de independizarse para huir de la cantaleta y hacerle el quite a las prohibiciones y vivir sin dar explicaciones. 

Vivir solo era una necesidad a los dieciocho porque en una casa sin papá y mamá uno podía culiar con quien quisiera a la hora que quisiera y podía prender la bareta sin esconderse y podía armar fiestas los fines de semana y dejar los platos sin lavar amontonados en el lavaplatos, aunque todo eso era secundario, lo principal de la necesidad de vivir solo era culiar y meter bareta, por eso en lugar de irnos de la casa lo que hicimos fue alquilar entre varios una casa pequeña en la que lo único que había era una colchoneta, queríamos volar libres, pero aún creíamos que para el sexo lo indispensable era la horizontalidad de un colchón o colchoneta. No hace mucho vi una imagen en internet con decenas de posiciones sexuales que usaban con mucha creatividad una silla, me sentí tan ingenuo. 

Pagamos dos meses y no quisimos pagar el tercero porque ya teniendo el espacio para nosotros nos dimos cuenta de que lo de culiar no estaba tan fácil, por lo menos, no para todos, yo la use una vez, Jairo la uso dos o tres veces por semana y los otros que estaban poniendo no pasaron de tres, por eso para pagar el tercer mes yo dije que me salía, que hicieran la vaca entre ellos porque yo estaba perdiendo la plata ahí y los otros dos aunque la habían usado más que yo, por rabia y envidia con Andrés también se salieron, que la pague él que es que la usa, dijeron y así se acabó la sociedad.

Para prenderlo nos podíamos ir a cualquier parque, para eso había varios y para lo poquito que estábamos culiando y mientras conseguíamos novia o algo parecido podíamos pagar residencia cuando la oportunidad se presentara. 

Esa iniciativa resultó positiva porque entendimos cosas, Andrés se dio cuenta de que para él era indispensable vivir solo y lejos de sus papás y por eso él fue el primero y el único en irse de la casa, apenas sacó la cédula.

 A Carlos lo mandaron a estudiar a Bogotá, compartía una casa con otros cinco estudiantes, pero vivía como si estuviera solo, por lo menos para las prioridades del momento, podía culiar a cualquier hora. 

Yo conseguí una novia que por el trabajo de la mamá se pasaba largas temporadas sola en la casa y entonces lo mío también se solucionó y a Camilo le gustaron mucho las putas después de que fue a un chochal por primera vez, cansado de tener que rogarle a muchachas que no le daban nada, le encontró el gusto al asunto y tampoco le vio problema a seguir viviendo en la casa y cumplir con las reglas establecida por los papás mientras lo que se ganaba en el trabajo le alcanzará para echarse el polvo semanal. 

Las necesidades para irse pueden ser varias y a menudo pueden variar e incluso desaparecer, cuestión de prioridades.

Irse, quedando -19

Los señores que se asomaban carretera abajo para mirar a Nacho y al rancho que había armado, decían que ese loco podía hacer lo que se le antojará porque para eso estaba solo y no tenía ninguna obligación.

Es esa época, cuando los oía decirlo, nunca pensé en lo curioso que resultaba que esos señores se refirieran a la familia de esa forma. 

La gente desea una familia, se esmera por construirla y cuidarla y de hecho algunas minorías han luchado para tener el derecho de formar una a la medida de sus afectos sin que nadie los ataque por ello, y pese a eso la familia es también una obligación y decirlo así sin quererlo disfrazar le hace honor a esos señores hoy en mi memoria, en últimas, poco queda por admirar más allá de la transparencia que seamos capaces de alcanzar en nuestra cotidianidad. 

En principio la familia es un motivo para irse, uno se va de la casa materna, su primera familia, para formar una familia nueva, para tener una esposa y unos hijos, eso sería lo conservador, lo tradicional, asumir la obligación, pero, si yo no quiero formar una familia, si en la vida solo me he visualizado como un viejo que vive solo en una casa con un radio y los libros, qué afán tengo de irme de la casa materna, la misma cosa da sí me voy a los veinte o las treinta y cinco. 

Luego hay gente que dice que se va para USA y uno les pregunta que por qué y le responden que porque allá está la familia. Otros dicen, por el contrario, que se van para USA con la intención de trabajar duro para mandarle dinero a la familia. Otros dicen que se van, pero para llevarse a la familia, ese es el caso de mi cuñado, que luego se llevó a mi hermana y mis sobrinos. 

Nacho no tenía ninguna obligación y sembraba yuca y tocaba la guitarra, calmado, independiente. Difícil e irresponsable sería decir que vivía feliz, porque eso no me consta, de eso no hablaban los señores que menciono, porque cuando uno se acostumbra a decir que la familia y la obligación son la misma cosa no se detiene mucho a hablar de felicidad y esa parece una palabra propia de la ficción, de las telenovelas o de los gomelos. 

lunes, 24 de julio de 2023

Irse, quedando - 18

Raúl aprendió a cocinar en una academia de Bogotá y volvió a Tuluá con el propósito de abrir un restaurante elegante, traía con él todo el discurso que empezaba a cobrar relevancia entre el sector de la gastronomía, el entretenimiento y el turismo, por esos días. 

Además de comida, iba a ofrecerle a la gente una experiencia, no era calmar el hambre, era consentir el paladar y estimular los sentidos y disfrutar de un espacio que le diera prioridad al goce estético, eso decía él. 

La iniciativa duró tres meses y aunque su padre y patrocinador lo había advertido, Raúl prefirió comprobarlo. Tuluá no estaba todavía lista para sus propuestas y por eso Raúl para pagar deudas opto por convertir su restaurante en pizzería y ahí sí, la situación fluyó y Raúl supo bien lo que era atender a más de cuatro o cinco clientes en una noche. 

Raúl pudo pagar sus deudas y contratar empleados y empezar a comprar cosas, porque si uno trabaja y no compra cosas, entonces para qué trabaja, porque la gente tiene que ver que algo está haciendo uno con lo que se gana, decía una vez un cura en la misa, justificando el hecho de que él así sacerdote y todo estrenaba carro porque para eso él tenía más trabajos aparte de ese de ser pastor de la iglesia de Pedro. 

Por eso Raúl se compró un carro nuevo y cuando lo vi bajarse me quedó claro que él ya era de mis amigos, el aventado, él de mostrar y sentirse orgullo. Él todavía se notaba frustrado, lo que quería era cocinar de verdad, pero la pizzería había pegado y la plata no se le hace el feo. 

El cuento es que Raúl también se fue y en el extranjero, ni cocina gourmet, ni pizza, por allá lava platos y baños y bolea ladrillos en obras de construcción.

Lo extorsionaron una vez y pagó y lo extorsionaron otra vez y pagó otra vez y le quisieron fijar una cuota y dijo que no, que no estaba él para mantener a nadie y estallaron el restaurante y le siguieron enviando mensajes amenazantes y por eso se fue, así me lo explicó por teléfono estando ya por allá. 

Irse es lo natural, pero irse obligando por las amenazas contra la vida siempre será una experiencia que deja un mal sabor, no importa si se es cocinero o no, o si se va a Bogotá o a Europa. 

viernes, 21 de julio de 2023

Irse, quedando - 17

Lo que la gente quiere de una ciudad es que el precio de los arriendos sea justo, que la movilidad no sea un problema, que el clima sea agradable, que las empresas de servicios públicos domiciliarios garanticen que en cada hogar haya agua y energía las 24 horas del día los 365 días del año, porque los cortes enojan a cualquiera. 
Lo que esperan es que haya colegios y universidades y hospitales porque así se garantiza el bienestar. 
También está luego el espacio para gestionar el ocio, por eso también se espera que existan centros comerciales y salas de cine y discotecas y restaurantes y parques públicos y escenarios deportivos. 
Cuando todo eso se tiene se habla de la actividad comercial, de la generación de empleo, de la seguridad. 
Eso es lo que esperamos de la ciudad en la que vivimos, o por lo menos eso es lo que uno cree, pero no, no es suficiente, porque la gente igual se va.
Muchos dicen que se van de acá por la inseguridad, por los robos y los homicidios y las extorsiones. 
Dicen que se van buscando tranquilidad y llegan a lugares habitados por gente blanca y local convencida de que los que llegan llevan lo necesario para poner en riesgo su tranquilidad. 
Desde Tuluá, Valle del Cauca, Colombia, exportamos intranquilidad para el mundo. 

miércoles, 19 de julio de 2023

Irse, quedando - 16

Con el sol quemándonos las espaldas y las llantas de las bicicletas derritiéndose al contacto con el asfalto, Julia me comentó que ya se había decidido, que se iba para España. 

Si en ese momento no se me hubiera estado yendo la vida en cada pedalada le hubiera preguntado por qué, pero la trepada de la pendiente me impedía pronunciar palabra y el aliento a duras penas me permitió decir que sí, que bien. 

Al terminar la ruta no sentamos a tomar cerveza en una tienda y ahí, en vez de mostrar interés en lo que la motivaba a irse, pregunte por detalles más mundanos como cuánto le habían valido los tiquetes. 

En lugar de darme una cifra, Julia me explicó que con lo que le pagaran a fin de mes y la venta de la bicicleta completaba lo del vuelo, incluso me ofreció la bicicleta a mí, como si yo pudiera darme el gusto de tener más de una. 

Julia estudió literatura en la universidad del Cauca y como tantos otros egresados de esa carrera, estaba haciendo algo muy diferente a lo que imaginó mientras estudiaba. 

Llevaba más de tres meses cuidando a los hijos de un concejal del pueblo que, según me comentaba, todavía sentía poco aprecio por cualquiera de esos individuos dedicados a las tareas del cuidado. 

Según Julia, para aguantarse las humillaciones de cualquier levantado infeliz con plata del pueblo mejor se aguantaba las humillaciones pagadas en euros por los extranjeros que por lo menos eran los colonialistas y esclavistas originales. 

martes, 18 de julio de 2023

Irse, quedando - 15

En la fila para conseguir el pasaporte siempre termina uno hablando con alguien, aunque lleve un libro grande para clavar la cabeza en él y hacerse pasar por ocupado la charla lo termina absorbiendo. La pregunta común entre la gente es la del destino, porque si está tramitando ese documento para alguna parte debe ir. Unos responde que van para Europa y otros que para Argentina y otros cuantos para Perú y Brasil, todos dicen que van de paseo y uno se hace el que les cree porque uno nunca ha visto en televisión los cientos de capítulos de alerta aeropuerto. Yo respondí que todavía no iba para ninguna parte, pero que me parecía importante tener el pasaporte porque en el momento en que me ganara el chance volaba a donde me alcanzará y la respuesta resultó ser exitosa y varios otros en la fila dijeron que lo mismo creían ellos. Cuando la gente habla de viajes deja entrever su posición en sociedad, su estrato, o ese me parece a mí y lo noté también en esa fila. Pasa que los pelagatos, así como yo, los que hacen el chance, son gente que va para un país, van a Alemania o a Canadá y luego están los acomodados, los de la tarjeta de crédito negra y un inglés fluido, esos suelen viajar a las ciudades, ellos van a Berlín, Toronto, Sidney, Madrid, Budapest y Helsinki. Entre unos y otros lo que queda demostrado es que en la fila no hay un solo millonario porque ninguno se dirige a Nueva Delhi. 

Irse, quedando - 14

La juventud no es el momento indicado para querer ser un escritor porque no hay futuro en la escritura. Los cuentos y las novelas solo pueden resultar de provecho para quienes los leen, para el que los escribe solo representa una merma. 

El derecho de las cosas está en descubrir la vocación de escritor cuando ya se ha conseguido una pensión, así se puede trabajar en la novela con la comida asegurada y el sosiego de una mirada puesta en el pasado, porque en ese momento siempre serán más los años vividos que los años por vivir. 

Un joven escritor podrá tener talento y aun así escribirá con hambre y padecerá la escasez propia del oficio y ese es un sacrificio que en la era de la creación de contenidos para redes sociales y la monetización de la ligereza no está bien visto. 

Cuestión que en lugar de meterme a la policía para escribir en mis años de buen retiro, decidí comenzar a escribir mis cuentos a los veinte años, por la misma época en la que muchos de mis conocidos y amigos que llevaban años metidos en las canchas de fútbol entrenando duro con el sueño de ser jugadores profesionales empezaban a ver su sueño desvanecerse porque pasados los veinte ya estaba claro que los esperaba era estudiar una carrera o conseguir trabajo. 

Ellos empezaban a darle orden a lo que sería el futuro mientras yo publicaba mi primer cuento en una revista que no pagaba. No llevo las cuentas, pero esa puede ser calificada como la primera chichigua que me quitó la escritura, impresión del manuscrito y costo del envío por correo, el sobre de manila me lo regalaron y el cuento no le importo a nadie. 

viernes, 14 de julio de 2023

Irse, quedando - 13

El problema con ese momento mágico en el que uno cree descubrir su vocación es justo que se presente como mágico y no como lógico, porque si fuera lógico uno no se desbocaría ilusionado y ciego de tras de algo para lo que a todas luces no sirve. 

Uno de mis compañeros de colegio decía que su vocación era salvar a los animales y no fue capaz de terminar la carrera de veterinaria porque le daba pesar cortarlos para realizar las intervenciones quirúrgicas necesarias para salvarlos; acabó estudiando ingeniería ambiental y liderando grupos de activistas que se empelotan durante las cabalgatas para protestar contra el maltrato. Ya aprendí que no debo preguntarle a cuantos animales ha salvado porque se emputa. 

Mi historia no es mejor, a los veinte me dio por decir que quería ser escritor, como si tuviera alguna posibilidad de conseguir algo notorio en ese campo, y entonces estudié una carrera cualquiera, una licenciatura, con la esperanza de terminar metido en el magisterio y aprovechar los largos meses de paro y el sueldo recibido por decir que el gobierno los quiere a todos brutos, para escribir mis novelas. 

No hizo falta que pasara mucho tiempo para darme cuenta de que todo iba a ir en caída libre para mí y que se podía conseguir mucho más como activista, sin importar si se trata de defender árboles o animales. Le digo a mi compañero que yo no veo que andar por ahí protestando y jodiendo, le dé plata y me dice que no es por el vil metal, sino por la satisfacción, cosa que no sé qué es, o para qué sirve, todavía.  

jueves, 13 de julio de 2023

Irse, quedando - 12

Ya dije que soy un tipo de más de treinta años que vive con los papás y tiene un trabajo en el que no gana lo suficiente para vivir solo y sentirse por fin como un adulto dueño de su vida como la tradición humana del éxito lo exige. 

Por eso me temo que a partir de esa descripción es fácil imaginarme como un parásito, y aunque podría sacarlos de ese error, prefiero no hacerlo porque yo respeto el derecho de los otros a imaginar y no me voy a meter con eso.  

No es por parecer fantoche ni nada, es por darle matices a la situación, porque no siempre esto fue así, es mis veinte años me veía como un individuo prometedor, los profesores me quería como su monitor y los artículos me quedaban bien escritos, lo que se convirtió en un problema porque ahí fue cuando me dio por perseguir el sueño, ser un escritor, un novelista o un cuentista, nunca un poeta, aunque en el mundo de la escasez habitado por los poetas y las bacterias todavía puedo ser promesa, qué bochorno. 

miércoles, 12 de julio de 2023

Irse, quedando - 11

Nacho, no tenía hijos, o por lo menos hasta donde yo supe, no los tuvo. 

Estoy hablando de un tipo, sin familia alguna, menos aún creo que estuviera al tanto de lo que significaba cuidar a un niño o permanecer más de dos minutos interactuando con uno. 

Su compañía era una guitarra, se sentaba días enteros a tocar el instrumento o a estudiarlo porque tampoco es que esté elaborando el perfil de un intérprete excepcional enterrado en las montañas. 

Se sabía una que otra ranchera y también cantaba rondas infantiles. No sé por qué le gustaban, pero le salían muy bien, vi y oí a más de uno ir por la carretera, tarareando, arroz con leche, me quiero casar... 

Y también vi y oí a los jornaleros entre los cafetales pasar con velocidad de una rama a la otra, desprendiendo con prisa los granos sin dejar de tararear, y la iguana tomaba café, tomaba café a la hora del té. 

Resultaba bastante contagioso el canto de Nacho y en esos años era lo más parecido al fenómeno que hoy conocemos como viral, lo viral escenificado en un ambiente discriminado y controlado, diría mi amigo, el sociólogo que pinta casas y sigue buscando trabajo en el sector académico.

Algo que también le gustaba mucho a Nacho era jugar con el famoso dubi dubi que tanto le han admirado a Frank Sinatra. Dudo mucho que Nacho hubiera escuchado Extraños en la noche, o que estuviera enterado de la importancia que tuvo para la música que un señor hubiera podido transformar con tan notorio resultado una onomatopeya en esa fabulosa expresión lírica. Igual lo hacía, de manera desprevenida, tocaba la guitarra y hacía tara tara ra ra y así con otras combinaciones. 

Cuando Nacho vivía al bordo de la carretera, antes de haber decidido echarse su casa al hombre y vivir metros más abajo entre cafetales, nunca había cantado con el gusto con el que lo hacía, tal vez irse, aunque hubiera sido un poquito más abajo había significado para él algo que no podíamos entender los otros. 

martes, 11 de julio de 2023

Irse, quedando - 10

Tarde o temprano se aprenden cosas que le permiten a uno dejar de ser un bobo en un campo para ser un bobo en otros. Yo, por ejemplo, aprendí después de los treinta que esos hijos que para mí desde que pienso en la posibilidad de ser padre han sido un sinónimo de carga, para otros son justamente lo contrario, un motor que los impulsa, un motivo para mantenerse en pie. 

Irse, quedando -9

En medio de algunas conversaciones he oído a los solteros y a las parejas sin hijos decir que nada los detienen, que se pueden ir a otro país a la hora que sea y que llegado el momento crítico, el tan esperado desmoronamiento con el que la normalidad de este terruño amenaza, ellos pueden buscar la estabilidad en Europa o USA. Lo dicen con la confianza del que nunca se irá, del que no sabe lo que es irse. 

Pasa que los tipos y las tipas que seguimos sin hijos y presumimos de eso como nuestro único triunfo y compramos juguetes que no tuvimos de niños para poner estorbar sobre un armario o una biblioteca, vivimos convencidos de que tener un hijo es llevar un lastre que impide cualquier avance. Decimos que los niños le ponen fin a la libertad, como si estuviéramos haciendo algo destacable ahora que nos creemos libres. 

Si yo tuviera hijos, podría decir que no me decido a irme del país, porque no quiero someter a los niños a ese cambio, porque quiero evitarles la fatiga que implicaría para ellos que mi oportunidad se rebusque no salga bien. Pero no tengo hijos, y esa escusa queda para otros, o para ninguno, porque primero se fue mi cuñado y después mando la plata para que también se fuera mi hermana con sus dos hijos. 

Creo que en las próximas conversaciones en las que me vea metido mandaré a empacar las maletas a todo el que diga que se puede ir cuando le provoque.

lunes, 10 de julio de 2023

Irse, quedando - 8

Se van a ir. 

Nos vamos a ir. 

Llegará ese día en el que todos esos casi cuarentones vivamos por fin solos.

Claro que habrá gente sufriendo y amigos del papá chismoseando en los billares de barrio mientras se jactan de los logros de sus hijos, esos que sí se fueron de la casa cumplidos los dieciocho años. Logros que por lo regular tienen que ver con haber comprado un carro o una casa. 

Una que otra señora también presenta como logro que uno de sus vástagos se hubiera ido del país para mandarle de vez en cuando un billetico. Entre tanto, ahí vamos, irse de la casa de los papás, irse de la ciudad, irse del país, cada cual se va yendo tan lejos como sus posibilidades actuales lo permitan y su valentía los habilite.

Irse, quedando - 7

Me gustaría decir que soy un caso aislado, un extraño objeto de estudio, el único tipo de más de treinta años que no ha podido irse de la casa de sus papás, pero no es posible. 

Puede ser que me rodeo de un pequeño grupo de gente que no se debería dejar ni ver por ahí, es posible que seamos la muestra estadística menos conveniente para ilustrar el saludable desarrollo de una ciudad, quién sabe, el caso es que puedo señalar a varios que más o menos están en las mismas que yo. 

No voy a decir sus nombres porque tampoco es que haga falta hacerlo para poner en claro el asunto, con decir que son mis amigos es suficiente. 

Está el licenciado en lenguas que toca la guitarra, pero no trabaja de profesor en ningún colegio y funda bandas de rock que nacen muertas y se rebusca las monedas con clases particulares esporádicas. 

El Otro amigo que fue a Argentina y estudió sociología y volvió para pintar casas y sigue pasando hojas de vida mientras todo mejora y le sale algo en el campo académico, él tiene fe y su mamá debe tener más. 

Amigos y amigas que se casaron y se divorciaron sin alcanzar a celebrar el quinto aniversario, de esos tengo varios, y varios de esos volvieron a las casas de sus padres con los frutos del matrimonio. Convertir a las abuelas en niñeras no remuneradas es una de las pocas cosas que mi generación sabe hacer bien. 

También está el amigo sicólogo, que se piensa ir de la casa de los papás cuando el consultorio despegue, lleva tres años despegando. 

El amigo que es enfermero y no se va de la casa materna porque no ha encontrado una pieza barata y el artista plástico que sí se gana la vida como artista plástico, pero tiene el taller en la casa del papá que es el que le ayuda a vender los cuadros. 

Como digo, somos muchos, eso no da consuelo alguno, daría vergüenza, en caso de que supiéramos lo que eso es. 

viernes, 7 de julio de 2023

Irse, quedando - 6

Estoy convencido de que mi papá en sus treinta años soñaba con que su hijo mayor al llegar a esa edad tuviera ya una casa propia y una camioneta blanca, ojalá, Toyota, una vida resuelta como la de cualquier hombre verraco. Lo que queda demostrado es que los años pasan para decepcionar porque aquí estoy yo cerquita de la pensión, si me hubiera metido a la policía, viviendo todavía con él, andando en bicicleta y admirando a un tipo que tenía un pedazo de tierra y un día decidió echarse la casa al hombro porque se le antojó, con la diferencia de que yo soy flojo y no tengo casa para echarme al hombro y no me alcanza para pagar un arriendo. Un solo tipo puede generar un desencanto en dos señores muy diferentes, hoy yo podría bien ser un fiasco para mi papá y también un fiasco para Nacho. Dos por uno, como en rebaja.

Irse, quedando - 5

Uno siempre puede saber cuánto hay de una ciudad a otra o del mapa de un país al mapa de otro, lo que no sabe uno es la distancia que hay entre su estado emocional actual y la alegría venidera tan deseada. Tan difícil es saberlo que a veces uno está en el estado ideal sin saberlo. Lo que importa es que igual uno persigue ilusiones y se apoya en la esperanza porque sobre ella se sostiene el mundo. 

Irse, quedando - 4

Antes del segundo o tercer trasteo de mi vida era un niño y vivía en una vereda del oriente de Caldas. Allá conocí a un señor que se llamaba Ignacio, era uno de los varios vecinos que teníamos. Vivía solo y callado, viejo excéntrico, dirían algunos. Lo llamaban Nacho. 

De un momento a otro ese señor decidió que no quería vivir más al bordo de la carretera y agarró un martillo y desarmó su casa de madera y se la cargó tabla por tabla y viga por viga y guadua por guadua y hoja de zinc por hoja de zinc, doscientos o trescientos metros más abajo donde la volvió a armar sin la ayuda de nadie y sin dar explicaciones porque a nadie se las debía. 

Los que lo vieron realizar esa operación durante el par de días que le tomó, comentaban que estaba loco y yo que era un niño repetí lo que decían esos otros y dije también que Nacho estaba loco. Años después me pareció que no, que Nacho estaba bien cuerdo. Incluso, sin proponérselo, me ayuda ahora a entender una que otra cosa.  

jueves, 6 de julio de 2023

Irse, quedando - 3

Probar fortuna en otra parte y rebuscarse la comida vienen a ser la misma cosa. El que decide irse sabe a qué se va y sabe lo que deja.  Eso que no se lleva habla por él, ilustra sus circunstancias. 

Lo propio del desplazamiento es el trasteo y el que deja una casa para ir a ocupar otra monta sus chécheres en una carretilla, un camión o un jeep, se aprovecha hasta el más mínimo espacio, los trastos quedan a la vista y a veces hasta se arruinan. 

El trasteo también posibilita el consenso, la gente está de acuerdo, no le gusta trastearse, no le gusta desarmar, empacar y volver a desempacar y volver a armar. 

Partir al extranjero es un tránsito sin trasteo, la gente se va con su maleta y nada más. Desarmar para vender o regalar no es lo mismo que desarmar para llevar. Emigrar es dejar los chécheres todos.  

Irse, quedando - 2

No creo que unas millas en avión o la resistencia necesaria para caminar durante horas como los migrantes venezolanos me vaya a dotar del carácter que ya no tuve, sin embargo, yo, como cualquier otro, veo los tutoriales de YouTube sobre lo que se debe tener en cuenta para salir del país. 

Lo explican tan bien que hasta parece fácil irse. Con decir que hasta tengo pasaporte. 

Lo que tiene que resultar muy complicado es la búsqueda de la palabra exacta que permitan construir un mensaje inverso, lo digo porque no hay tutoriales en torno a la permanencia. Ninguno en sus videos explica cómo se debe proceder para quedarse aquí. 

Irse, quedando - 1

Tener la capacidad de identificar el momento justo para marcharse debe ser una cualidad más del individuo para prolongar la vida, o cuidar la misma. 

Raúl no se despidió. Una tarde se tomó un café en mi casa y otra tarde publicó una foto en sus redes sociales desde un aeropuerto internacional. 

Julia me dijo a mediados de abril que se iba a finales de mayo y luego se fue antes. Un fin de semana la convidé a montar en bicicleta y me dijo que estaba buscando apartamento en Madrid. 

Mi cuñado me preguntó una noche, después de trotar un rato por la transversal, que cuál era mi opinión de irse a probar fortuna en el extranjero y le dije que a mí me daba miedo cruzar el charco, pero que si a él no le daba miedo entonces había que salir, igual poco tenía, nada iba a perder y al otro día compró el pasaje para Europa.

Yo, en cambio, sigo buscando en mis cualidades una que explique por qué sigo acá y cuándo es que me voy a marchar.  

"Hago lo que puedo, pero puedo poco", dice la canción. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...