Cuando estuvimos en el colegio hicimos lo posible por no aprender, esa parecía ser nuestra bandera revolucionaria.
Quedarse por fuera del salón para evitar las clases, copiar las tareas que eran para español mientras el profesor explicaba cálculo, eso era lo que hacíamos.
Nuestro interés era ridiculizar a la profesora vieja y fastidiosa y soñar con las tetas de la primípara que estaba rica; agarrar de recocha al de filosofía, que estaba bueno, para que las muchachas dejaran de lubricar mientras le miraban el culo al tipo cuando escribía maricadas en el tablero, como si con nuestros chistes pudiéramos hacer que el tipo pareciera un tonto, como si no lo fuéramos nosotros.
Eso fue lo que hicimos, fumar marihuana y probar perico y pepas y hacer lo necesario para pasar los años con lo mínimo. Nos esforzamos poco estudiando porque las energías estaban mejor enfocadas en planear las fugas del colegio para pasar el rato en la casa sola de algún compañero que no le viera problema a prestar el cuarto para manosearse con alguna pelada del salón que también quisiera descubrir que era eso tan bueno que movía al mundo y desconcentraba tanto.
Nos graduamos, pero fueron muy pocos los que obtuvieron un buen puntaje en el examen para entrar a la universidad, una generación de mediocres fuimos y aunque sufrimos en la universidad al descubrir todo lo que otros sí sabían y habían aprendido en el colegio tampoco nos esforzamos más de lo necesario para conseguir el cartón de pregrado.
Y cuando empezamos a hablar de salir del país y los que se iban nos contaban a los que nos quedábamos cuáles eran sus planes y en que iban a trabajar y en como era irse de ilegal y en cuanto valía un dólar o un euro en comparación al peso, podíamos darnos cuenta de que ninguno de nosotros, esos amigos de colegio, esa generación que reclamó oportunidades que no supo aprovechar, se iba de Colombia porque le había salido una beca en una universidad importante, con nosotros no se estaba dando la fuga de cerebros sino la fuga de espaldas, de manos de obra barata. Lo curioso es que algunos recordemos el pasado con risa, seguros de que no cambiaríamos nada, ganadores de esa revolución.