jueves, 7 de septiembre de 2023

Irse, quedando -66

Parcero, qué se dice, pues, cómo va todo, le digo. 

Todo bien, papi, todo bien, camellando, me responde. 

Lo conozco de la universidad, nos graduamos juntos, ambos licenciados en ciencias sociales. 

En el mismo colegio o ya se cambió, me pregunta. 

Nada, yo me abrí de allá, les dije que por menos de millón seiscientos no me podía quedar y se mamaron. Les dije que bajaran horas y tampoco, le respondí. 

Cómo así, muy quejoso usted, papi, yo estoy enseñando de sexto a noveno por millón quinientos y estoy contento, aunque obvio toca voltear duro por fuera también para poder llegar a fin de mes, me dijo. 

Lo abordé para hablarle de mi tercer libro y de que andaba con lo de la preventa, yo no sé si había leído los dos anteriores, pero sé que lo tenía en mi lista de lectores porque le había regalado una copia del primero y le había vendido una copia del segundo, ahora quería venderle el tercero y por eso no podía ponerme con la lora de que por culpa de gente como él era que la plaza se ponía mala, porque regalaba el trabajo y no le daba valor al conocimiento y que uno pedía lo justo y siempre había quien trabajara por menos, nada de eso que acostumbro decir con frecuencia le dije, porque el propósito era agradar y vender un libro.

Ahora ando vendiendo mi tercer libro y haciendo unas encuestas chimbas para un proyecto de esos del programa nacional de concertación, un parcero se la rebusca con eso y me tiró una plata para que lo ayudara, más que nada por hacerme el cruce. Y a todas estas usted qué, lo apunto para el nuevo libro, primero estoy armando como una lista de los libros que sé que me van a comprar para mandar a imprimir lo justo, le conté. 

Yo creía que usted ya había dejado eso, parce, si yo fuera usted ya hubiera desistido, es que la gente no está para leer y menos para leer a gente que no salga en la televisión o en videos de internet, pero claro, hágale, apúnteme uno, vea se lo pago de una vez, me dijo, pasándome un billete de cincuenta mil, así sin preguntarme por precio ni preocuparse por la devuelta, como si me los estuviera regalando. 

Lo estoy vendiendo a cuarenta, le dije, y le entregué un billete de diez, apenas salga, yo se lo arrimo a su casa o al colegio, quiero vender al menos cien para ir sacando tirajes así de a cien, sale más barato si uno manda a imprimir mil, pero yo que voy a hacer con todo eso, si o qué, le dije. 

Claro, hermano, así es, mejor de a poquito, usted es el que sabe de eso, mi mujer leyó el primero, el de los cuentos y por ahí hubo uno que le gustó, ella me estuvo hablando de eso, oiga y hablando de todo un poco, qué hay de su hermana, hace tiempo no la veo, me preguntó. 

Pues como usted no volvió por allá por la casa, se casó y se olvidó de los pobres, tiene que dejarse ver, ella anda organizando todo porque se va para las islas canarias, el marido ya lleva como seis meses allá, le expliqué. 

Cómo así, pana, qué bueno, nosotros también tenemos muchas ganas de abrirnos de acá, mi mujer dice que para Alemania, pero yo también quisiera pegar para España, oiga, dígale a su hermana que si necesita quién la lleve al aeropuerto que me llame y se mandó la mano al bolsillo de la camisa y se sacó una tarjeta que entrego. 

Entonces también anda de transportador, le pregunté. 

Claro, no le digo, pues que toca voltear para llegar al fin de mes, ese carro no se paga solo y entonces mi mujer dijo, hagamos viajes al aeropuerto y vea, en esas andamos, ya sabe pues, dígale que me llame que yo la llevó barato. Luego nos despedimos. 

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