Una de esas señoras que tuvo el gusto de ser mi suegra y con la que me cruce un par de veces no más, aunque tampoco es que con las otras hubiera tenido que relacionarme mucho, me dijo una tarde después de que le hablara de la sustanciación de mi trabajo de grado programado para esa semana, que muy bien por mí que ahora iba a tener un título y que lastima que hubiera decidido estudiar justo eso porque con eso nadie se aseguraba el futuro ni se resolvía la vida, me aclaró la señora.
Luego me dijo que yo estaba tomando la decisión de ser un hombre pobre y que para una mujer tener a un hombre pobre era como tener un brazo fracturado, uno sabe que lo tiene ahí, pero no le sirve ni para limpiarse el culo.
Quise decir algo a mi favor, pero la señora tenía su dominio de la palabra y ni me dejo abrir la boca, rápido agregó que no me tenía que desanimar, que todavía estaba a tiempo de estudiar algo que sirviera, odontología, ingeniería civil, o ya con un título podía dejar de estudiar y dedicarme a hacer plata, meterme en algún negocio bueno, que tenía que aprovechar que vivía en Tuluá y que era joven, tenía que arriesgarme, apostarle a lo que importaba.
Me le volé a la señora y creo que después de eso la vi una o dos veces más, un punto a favor para ella fue que no me mandó para el extranjero, de hecho según ella la plata la podía conseguir aquí. No sé qué sea de ella ahora, aunque sí sé que la hija sí se quedó con un hombre bueno que le sirve para algo.
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