La preventa de mi tercer libro llegó a las 63 copias. Ni uno más. Después de mucho voltear y de compartir la fotografía de la tapa y la sinopsis en redes sociales y de comentarle a todo el que me encontrara que tenía una novela nueva, llegué a esa cifra y no pude pasar de ahí. El señor de la imprenta me dijo que manejáramos unas cifras redondas y entonces hice cuenta de los libros que se podían ir regalados, los que se les mandan a los periodistas, esperando alguna reseña. Conté también a los cuatro o cinco chichipatos que se hacen llamar gestores culturales, que por lo regular quieren hacerse con el libro, pero no se pueden gastar la plata del trago y las drogas en papel y comas mal puestas, para esos también su libro regalado y entonces mandé a imprimir 80 copias. Sacando números, ese libro, a diferencia del primero y el segundo, no dejaba deudas, ni perdidas, tampoco ganancias, porque yo no le ponía un precio al tiempo que me había llevado escribir la novela y a las horas con el culo y la espalda mal acomodada en la silla rimax que me había sostenido mientras avanzaba, para que las cuentas me dejaran contento. Lo maluco de autopublicarse es asumir ese rol de vendedor, no solo uno escribe, sino que además debe vender y vender no es algo que se le dé bien a todo el mundo y vender libros es algo que se le debe dar bien a muy pocos. Lo peor era que ya tenía listo lo que podría ser el cuarto libro.
martes, 26 de septiembre de 2023
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