lunes, 18 de septiembre de 2023

Irse, quedando -76

Mi hermana estuvo varias semanas antes de la fecha del viaje empacando las maletas. 

Las hacía y las deshacía todos los días. Las daba por terminadas y las cerraba, luego las pesaba y volvía a empezar de cero, una y otra vez doblando trapos. 

No podían pesar más de diez kilos decía ella. 

Tres maletas estaba bajo su responsabilidad, la de ella y la de los dos niños. 

Yo la veía todos los días con la cabeza metida entre las maletas y me divertía con la escena, verla empacando las maletas aunque era la confirmación de que se iban era también evidencia de que seguía ahí con nosotros. 

Cuando ya me vi bajando las maletas para guardarlas por la noche en el garaje porque se iban en la madrugada y no quería que ningún vecino la viera salir, entonces empecé a llorar. 

La cosa más boba del mundo, un tipo casi cuarentón que no ha podido irse de la casa de los papás de pie frente a unas maletas llorando sin ser capaz de pronunciar palabra, sin poder repetir de nuevo en son de burla lo incensario que era llevar ahí empacado un cortacutículas y una crema dental. 


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