Que las tragedias del mundo y los sufrimientos de los ciudadanos que viven en las democracias liberales no nacieron conmigo ni se están inaugurando en mí o en mis contemporáneos, es algo que siempre me explican mis papás, mis abuelos, mis tíos y hasta los vecinos.
Antes tocaba sufrir de verdad, antes uno trabajaba desde los 14 años y no podía terminar de estudiar. Antes la jornada laboral era de más de 12 horas. Antes de verdad había miseria. Me dicen, como aclarando, que estas quejas nuevas, las nuestras, son un berrinche de flojos.
Antes uno se iba a de la casa sin haber cumplido la mayoría de edad y hacía su familia lejos de los papás y ahora los agarran los 35 años sin independizarse, me dice mi abuelo. A la edad que usted tiene ahora yo tenía a los hijos mayores criados, su mamá ya se quería volar con su papá y sus tíos ya trabajaban y yo ya tenía una finca mía y un caballo muy bueno, me dijo también mi abuelo, y yo dizque mostrándole que ya tenía un segundo libro publicado como si eso pudiera significar algún triunfo, si mi abuelo hubiera estado atento al mundo editorial, seguro me hubiera dicho libro autopublicado, que era todavía peor.
Un tío me decía que lo normal para una persona de mi edad, o los jóvenes, porque yo ya me había envejecido, era acabar muchos pares de zapatos antes de conseguir un trabajo, pero que para él y para sus hermanos, entre ellos mi papá, lo normal había sido conseguir un trabajo para poder comprarse su primer par de zapatos.
Por eso que en algún cuento me quejara de los trabajos con jornadas laborales de más de diez horas, o del salario mínimo, o ser profesor en un colegio privado de un grado segundo, y ganar un millón doscientos mil pesos al mes, y tener que ir los sábados a ayudar con el aseo de los salones, para cualquiera de ellos era una pataleta de flojos y por eso estaba claro que yo a diferencia de tantos otros no me iba del país, porque no me gustaba trabajar, porque no estaba dispuesto a meter el culo como otros.
Y tenían la razón, claro que la tienen todavía y la van a seguir teniendo, ninguna de esas afugias de mis padres o mis abuelos son las mías, o las nuestras y, sin embargo, no estamos mejor y el futuro para nosotros y los que vienen pinta peor y tenemos a nuestra disposición decenas de conceptos nuevos para explicar lo que nos pasa y lo que sentimos y emergencia climática también, aunque a ellos y nosotros la frustración nos pueda seguir uniendo.
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