martes, 5 de septiembre de 2023

Irse, quedando -63

Por las tardes salgo a trotar, esperando que esa actividad me ayude a escribir. Haruki Murakami escribió un ensayo que se llama De lo que hablo cuando hablo de correr, reflexiona sobre eso, sobre correr y escribir, lo que siente cuando corre y como correr le ayuda a escribir esas novelas de cientos de páginas que escribe. No quiero escribir como Murakami, no me interesa eso, lo que busco es que mi escritura mejore y si trotar me ayuda entonces me pongo a prueba.

 Una tarde, cuando ya volvía de correr, despeinado y transpirado, me encontré con un viejo profesor del colegio que me saludó afectuoso y quiso saber que era de mi vida. Asumió por lo que mi apariencia le dijo que la estaba pasando mal, según él debía cortarme el pelo y usar ropa limpia. Le expliqué que estaba trotando, pero no pareció importarle eso, él insistía en la apariencia y el corte de pelo. Se puso peor cuando le dije que seguía viviendo en la casa de mis papás, pero si usted se veía como pilo en el colegio, como fue que no ha hecho nada con la vida, dijo el señor como decepcionado.

Le comenté que había publicado un libro, con una editorial independiente, omití esa parte de la coedición y de que yo había pagado los riesgos y que era como autoeditarse, pero con el respaldo de una editorial que es más una imprenta. Creí que con eso iba a salvar el encuentro, pero no, el profesor quiso saber de qué iba el libro y le dije que eran cuentos breves, eso para qué, los cuentos no venden, le dije que iba a publicar una novela, pero no logré convencerlo, me preguntó que había estudiado y le dije que licenciatura en ciencias social y que estaba trabajando en un colegio privado. 

Profesor y novelista, no hermano, por lo menos córtese el pelo y cómprese una camiseta nueva, por lo menos cuidé la imagen porque ya no le queda mucho más que cuidar. Pero usted es profesor, profe, cómo me dice eso, le dije. Pues por eso se lo dijo mijo, la cagó, pero todavía está a tiempo, haga otra cosa, móntese un negocio, cómprese una finca y siembra aguacate, olvídese de eso, olvídese de escribir, si hubiéramos hecho las cosas bien con usted de pronto no me estaría contando esto, profesor y novelista, métase de ayudante de construcción, mejor, eso sí sería algo honesto. Para hacerle el quite al momento ridículo en el que me había metido ese profesor que en el colegio ni me agradaba, acudí a la vida de los otros y le dije al profesor que yo igual estaba, que me iba, que salía para España en un mes y ahí me felicitó el profesor, eso era lo que había que hacer, volarse de este platanal, que ahí me veía bien. Ahora estoy trotando, por otra parte, no quisiera volvérmelo a encontrar. 

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