A
la tía josefina le gustaba mucho el dulce de auyama le gustaba prepararlo,
servirlo, compartirlo. Parecía que disfrutaba más compartirlo que comerlo y no
había visita que se fuera de su casa sin haberse comido antes una taza
considerable de dulce de auyama con leche de vaca. Acá no nos pueden faltar un
buen par de vacas lecheras, yo creo que Pina las quiere más a ellas que a mí,
decía Josué el esposo de la tía.
Por
la casa de la tía josefina pasaba mucha gente y ella le ofrecía dulce a todo el
que llegaba, un día le sirvió dulce a un estudiante de agronomía que estaba
haciendo su semestre de práctica en las veredas del municipio con el comité de
cafeteros, el muchacho se llamaba Jaime Andrés y ese día iba con una compañera
que le dejó servido el dulce a la tía porque dizque no le gustaba la auyama.
Jaime Andrés se lo comió todo y se despidió agradecido de Josefina que le
respondió entre dientes mirando muy mal a la muchacha.
Jaime
Andrés volvió arrimar la casa de la tía josefina esa semana y las dos que
siguieron y Pina era amable con él pero no le ofrecía dulce, a cambio le
ofrecía agua panela. Jaime veía a otra gente llegar y sentarse en el corredor a
comer dulce y se antojaba, más cuando lo estaba acosando el hambre pero igual
no le ofrecían.
Recorriendo
unos tajos mejorados que habían trazado juntos porque según Jaime Andrés el
café que sembraba Josué quedaba muy separado y desperdiciaba espacio y perdida
utilidades el muchacho se animó a preguntarle a Josué si él sabía porque doña
Josefina estaba disgustada y ya no le ofrecía dulce de auyama. A Josué la
pregunta la causó gracia y riendo le dijo que a Pina no se le podía dejar
servido el dulce nunca. Jaime Andrés le dijo que al él le había encantado que
se lo había comido todo. Pero su novia ni lo probó, le dijo Josué. Ella no es
mi novia, le dijo Jaime Andrés y si sigue así ni se gradúa. Lo único que yo le
digo es que a Pina no se le deja el dulce servido a mí me ha echado de la casa
dos veces por eso.
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