viernes, 7 de abril de 2017

Cómo saber en qué momento matar a la mascota del vecino


En el edificio Los eucaliptos cercano al centro el único que duerme hasta tarde es Pablo del apartamento 42ª los demás están antes de las siete de la mañana en el parque con sus perros, todos con bolsa lista para recoger el popo. Cuatro veces le han ofrecido cachorros de distintas razas, un labrador, una salchicha, dos criollos pero Pablo se ha negado a recibirlos argumentando que no tiene tiempo para mascotas y no conoce a nadie que le cuide al animalito cuando viaje y, el trabajo lo obliga a pasar mucho tiempo en terminales y aeropuertos.

Al principio las disculpas de Pablo dejaban satisfechos a sus vecinos pero pasados lo meses viéndolo todas las semana sin salir empezaron a mirarlo con cierto desdén. Pablo trabajaba en su apartamento diseñando y actualizando páginas webs, eso decía él, lo que hacía era mucho más complicado pero lo angustiaba tener que explicarlo.

Cuando notó que sus vecinos ya no lo saludaban le dijo al vigilante que en el edificio le tenían envidia porque no tenía que madrugar. El vigilante le dijo que lo que él había oído era que estaban recogiendo firmas para echarlo del edificio porque su repudio por los perros era una amenaza. Pablo escuchó incrédulo y antes de volver a su apartamento le preguntó al vigilante cuantos de los que vivían en el edificio tenían perro y el vigilante le dijo que todos.

Compartió el ascensor con dos señoras que apenas había visto, ambas sujetaban las correas coloridas de sus perros. Pablo no se fijó en ellas, intentó mantener la mirada fija en sus tenis, las señoras muy serías dejaron de hablar cuando él entró. Pablo sintió que los perros lo miraban, levantó un poco la vista y ahí estaban los dos observándolo sentados quietos como si fueran de porcelana. Sin querer hizo contacto visual con uno de ellos, el más grande, un labrador, parecía tan triste que Pablo no pudo mirarlo más, levantó el rostro para mirar a la señoras y salió fastidiado del ascensor.

Entró al apartamento y se derrumbó en el sofá. En qué momento inventarse un cuento chimbo para evitar un encarte se había convertido en un desprecio desmedido y declarado por los perros. Cuándo sus vecinos se volvieron eso que eran, eso tan feo, cómo no se daban cuenta que los perritos estaban tristes. Eso y más se preguntaba Pablo con las manos inmóviles sobre su redonda panza.

Antes de las seis cuando Pablo volvía a su apartamento después de pasar la noche en un bar hablando con los conocidos de barra vio en el parque a muchos de sus vecinos paseando a sus mascotas. Tenía sueño y las cervezas le habían caído mal pero se quedó en una banca viendo a los perros ir y venir por ese parque, lentos como agotados, ni se olisqueaban el culo con gusto ni se veían colas arriba moviéndose con gracia. En los ojos de cada perro veía la misma tristeza que había visto días antes en el labrador. Pablo no sabía si los perros habían estado siempre así y él no se había dado cuenta porque no le interesaban, si eso era lo natural y él estaba aterrado porque apenas lo descubría, seguro los dueños de los perros ya se habían acostumbrado de tanto verlos.  Pablo le daba vueltas a sus dudas si dejar de mirar a los perros, no entendía cómo ellos no habían hecho nada al notar esa tristeza. Le dolió la cabeza, era el sol que le empezaba quemar la frente. Se encaminó al edificio y no pudo evitar sentir la sospecha con la que lo observaban sus vecinos, eran rostros acusadores.

Esas señoras y esos señores que no se daban cuenta de lo que pasaban con sus perros eran los mismos que lo querían echar del edificio. Trabajaba mal, equivocaba los códigos, no dejaba de darle vueltas a lo mismo. Sus vecinos habían decidido que él era el tipo que despreciaba a los perros cuando a quien de verdad detestaba era sus vecinos, se había negado a ir a cumpleaños y a matrimonios a reuniones comunales, había evitado navidad y año nuevo en el edificio, había pasado por mal educado a voluntad para no relacionarse con ellos, todo para que no volvieran a invitarlo todo para no estar en sus listas de vecino o amigo. Deseaba pasar inadvertido y nunca aceptó un cachorro porque eso lo hubiera comprometido de una manera familiar con quien se lo regalará y él no quería ser el compadre de ninguno de ellos.

En el escritorio de madera lacada y sin pintar donde estaban los equipos con los que Pablo trabajaba había una gaveta cerrada con llave en la que guardaba la única cosa que le había heredado su papá, un Smith Wesson calibre 38 largo sin funda con la cacha pelada. La primera y única arma que había empuñado en sus manos, con la que le había enseñado a disparar apuntándoles a las ardillas que se comían el maíz en la huerta de la casa donde se crío, con el que su papá mató al pastor alemán que se había vuelto gallinero y estaba dejándolos a ellos y a los vecinos sin huevos. El perro estaba amarrado a un carbonero entre el cafetal donde su papá hizo el hueco para enterrarlo, Pablo vio cuando le disparó, vio los ojos del perro en el último momento, eran ojos brillantes, saltones, felices.

Pablo sintió que tocaban la puerta y corrió abrir con el revólver en la mano, de eso se dio cuenta cuando vio las caras aterradas de sus vecinas. Se metió el revólver en la pretina del pantalón y le preguntó a sus vecinas qué era lo que necesitaban, lo dijo intentando poner un tono de voz intimidatoria, igual lo iban a echar. Las señoras venían acompañadas por sus perros. Ninguna podía ocultar la incomodidad de estar ahí, le entregaron a Pablo unas cuantas hojas y le explicaron lo que ya le había contado el vigilante. Pablo les dijo que de donde habían sacado ellas eso de que él despreciaba los perros y una de las señoras muy segura de sí le dijo que eso se notaba, que era obvio que así era y de eso todos en el edificio estaban convencidos. Pablo miró los perros y no pudo ver nada distinto de lo que ya venía viendo, animales acongojados como si fueran personas. Recibió la carta y no discutió con las señoras, les dio la espalda y cerró la puerta.


Pablo volvió al escritorio y siguió trabajando, cada cierto tiempo miraba las hojas que le entregaron las señoras, luego buscó en el banco de imágenes de google: “perros alegres” y las fotografías disponibles no le gustaron, lo que veía era gente maluca deseando animales y no animales deseando gente maluca. No podían gustarle los dueños de los perros y cuando Pablo dijo eso se asustó, en donde se iba a meter, a donde iba a vivir un tipo como él que estaba iniciando su enemistad con los dizque “propietarios” de los perros y con esa palabra horrible sentía que tenía razón que el equivocado no podía ser él, que los únicos que tenían que perderse del mundo eran los que decían sacando pecho “el perro es mío”.  Volvió a empuñar el revólver, a sentir el peso en la mano, salió del apartamento y entró al ascensor tenía las hojas en el bolsillo de la chaqueta y bajó al quinto piso a buscar el apartamento del primer vecino que aparecía como firmante en las hojas, tomó aire y tocó la puerta con la cacha. 

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