martes, 23 de mayo de 2023

Ocurrencia #88 - de 100

Los editores le dijeron al escritor de provincia que para conseguir un relato ambicioso capaz de leer con amor al mundo y reflejar la sensibilidad del artista que golpea con las yemas de los dedos el teclado de su computador es necesario salir y alzarse al hombro la mochila y viajar; la clave es estar en la carretera, permanecer en su casa y en su pueblo sin sumar kilómetros condena al escritor y a sus novelas, si es que las consigue, a la pequeñez y al tono parroquial y a la ausencia de horizonte porque el escritor debe ser un ciudadano del mundo y sus historias deben trascender las fronteras. 

Por eso el escritor de provincia se subió un día a un bus y se fue a recorrer el centro de su país y a descubrir las cordilleras y a probar comidas que no se había imaginado que existían y a charlar con la gente en que se encontraba en las plazas de los pueblos y las terminales de transporte. 

Meses después de dormir en camas que no eran la suya, regresó y le avistó a su familia que ya estaba en la casa y llenó la nevera y se sentó a escribir un relato en el que dos niños y un hombre de mediana edad observaban a un pajarito negro revolotear entre la gente que conversaba en las escalinatas de la iglesia de la plaza de su pueblo, el pajarito perseguía a un grillo verde de esos que dicen que dan buena suerte. El grillo escapó del primer embate y aunque intentó escapar del segundo, el pajarito tuvo éxito y alzó el vuelo con el grillo entre el pico para asentarse luego sobre un muro a engullir a su presa.  El hombre y los niños seguían de cerca al pajarito, afectados por el destino del grillo, que apenas una hora antes había sido un mamífero y no un insecto

Cuando el escritor de provincia empezó a mostrar el cuento entre los editores, le dijeron que los viajes en el país no servían, que le hacía falta subirse a un avión y llegar a otros continentes y conocer otras culturas y oír otras lenguas. Entonces el escritor de provincia supo que no importaba hasta donde pudiera ir ni lo que fuera capaz de escribir, los editores siempre iba a pedirle algo que no tenía, podía viajar a Capadocia y meditar en el Tíbet y salvarse de la explosión de una bomba en Palestina y, aun así, todavía le faltaría visitar la luna y tener amigos en el infierno. 













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