Leí hace meses un artículo en el que hablaban de las montañas de ropa usada en el desierto de Atacama.
Señalaban la problemática que es crisis ambiental y muestra clara de nuestra indiferencia con la emergencia global y los retos que tendremos que asumir para salvar el hogar común.
Entregaban muchas cifras y con una de esas tantas demostraban que la industria textil es responsable de más del 20% de la contaminación del agua.
También enunciaban la importancia y la diferencia que hará el comercio circular, que en la práctica es vestirnos con la ropa que desechó otro, aunque también hablaron de algo así como la moda rápida y de evitarla.
Muchas palabras de introducción para llegar a lo que me pasó al leer esa información porque en lugar de querer salvar el mundo, pensé que la montaña de ropa que seguro ya no importa es también una montaña de recuerdos. Una montaña de recuerdos en un desierto.
Tal vez ese pantalón verde oliva que tenía ella esa tarde en la que salimos a montar en bicicleta y nos besamos junto a puente mientras discutíamos si debíamos seguir o ya estaba bien devolvernos esté en una montaña de esas.
Y la falda blanca tan corta que se ponía con unos tenis converse, y los cacheteros rojos con una mariposa estampada al frente, y esa blusa azul tan ceñida adornada con pequeñas florecitas que tenía puesta el día que nos encontramos en una muestra de fotografía en el parque, también estén todavía en una montaña de esas.
El problema, según el artículo, es que mucha de esa ropa está hecha con poliéster que es un derivado del petróleo y por eso tarda cientos de años en descomponerse y entonces yo me voy a morir y se van a morir muchas otras generaciones más y esa camiseta roja manga sisa de letras amarillas qué no sé qué decían seguirá estando en una montaña de esas como si nada. Cómo si no hubiera cubierto en algún momento la suavidad de ella y como si no hubieran vivido en mi cabeza.

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