jueves, 4 de mayo de 2023

Ocurrencia #70 - de 100

En todos los noticieros de la mañana anunciaron el calor y ninguno se equivocó. Caen las gotas de sudor al suelo y en el cielo azul no hay rastro de nubes con formas de caballos, carros, palacios o brujas. Me acomodo mis gafas para las que la nariz sudada resulta un tobogán y sigo subiendo las escaleras. Me imagino que abrirá alguien distinto a ella, un tipo barbado y alto y bello y flaco, de camisa planchada que dirá con voz varonil y perfecta dicción que ella no está, aunque respire nerviosa, escondida en el baño, luego dirá entregándome una caja que ahí están mis libros y las cenizas de Tango, que ella cree que lo mejor es que las tenga yo. Guardará silencio esperando de mí más palabras de las que podré decir y al oír mi desganado agradecimiento cerrará la puerta. Parezco marica, sí sé, si sabía desde que salí del apartamento, que así será, para qué voy, para qué vine. Hubiera mandado a mi hermana, o hubiera venido con ella, y la hubiera esperado en el carro mientras ella subía. Saludo al portero del edificio que me sonríe amable y me invita a pasar generoso, como si yo todavía viviera ahí, le digo que voy para el apartamento de ella y no me deja ni decirle el nombre, me dice que bien pueda. Toco la puerta y abre ella, sus ojos manzanillas frente a mí. Me da un saludo que es una muralla y me dice que creyó que iba a mandar a mi hermana. No le respondo. 








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