A los nueve años ya sabía que nunca sería un piloto de la fórmula 1. Los domingos en la mañana miraba las carreras y me sabía los nombre de varios pilotos y de cuatro o cinco escuderías importantes. La señal de la televisión era mala y la imagen se veía borrosa y eso no importaba, lo asumía como un efecto más de la velocidad.
Creo que todos esos niños de la escuela con los que crecí también sabían que no serían pilotos y eso no importaba, igual comentábamos las carreras y teníamos nuestras preferencias. Uno de esos niños incluso se consiguió una gorra pirata de Ferrari. Se le veía bien y se molestaba cuando los profesores se la hacían quitar. Él decía que esa gorra era solo para cachaquear y que no la metía al cafetal porque de pronto la manchaba.
También hubo uno que le puso McLaren a un gallo de pelea que le había regalado su papá. Le decíamos que un gallo de pelea tenía que llevar el nombre de un boxeador, que eso era lo lógico, pero él estaba contento llamándolo así.
Podría decir que ese entretenimiento de infancia salió bien, vimos las carreras y luego ya no las vimos más, dejaron de pasarlas por el canal de siempre, el único que se sintonizaba en la vereda. Nos emocionamos con el rugir de los motores y luego ya no. Nunca quisimos ser pilotos y en efecto no lo fuimos.

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