Había una vez en un hospital público de un barrio ruidoso una enfermera que le envidiaba el culo a la otra enfermera. Era un culo redondo y firme que nunca sería considerado por el MI6 para las tareas de espionaje, un indiscreto culo que jamás podría ser colega del 007.
La enfermera que envidiaba el culo de la otra enfermera se fijaba en las miradas que ese culo recibía. Los ojos de hombres y mujeres se iban tras ese culo en cirugía y en cuidados intensivos y en oncología y en pediatría y farmacia y hasta en urgencias había quien babeara cuando ese danzante culo pasaba.
Quién tuviera un santo amigo para pedirle de milagro ese culo, no un culo como ese, no, ese culo, ese culo, se repetía la enfermera envidiosa que iba por los pasillos de ese hospital sin creer en ningún avance científico moderno porque ninguno había conseguido todavía asegurarle culos perfectos a todos.
Si el papa soñaba con mujeres seguro veía a una mujer con ese culo, no necesariamente enfermera, pero una mujer con ese culo que se veía igual de bien envuelto en uniforme blanco, vestido negro o al natural, eso creía la enfermera viendo ese culo de otra que no era suyo siendo mirado de formas en las que ninguno podía mirar el que tenía ella.
Una tarde la enfermera que envidiaba el culo de la otra enfermera vio como el hombre que la recogía en una moto en el parqueadero ponía una mano en la cintura de la enfermera y la deslizaba lentamente hasta llegar a ese culo único, la enfermera vio como esa mano iba estrujando ese culo, lo miraba como si fuera todo lo que cupiera en el cuadro y no pudo más.
La enfermera dio medía vuelta y buscó a su jefe y solicitó un traslado, dijo que por causas familiares para no hablar de el culo de su compañera ese culo que quería y sabía no iba a tener y la enfermera se fue con su culo corriente a otra parte donde intenta ser feliz y pensar en otra cosa que no esa ese culo impresionante de otra enfermera.

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