Yo también sé lo que es buscar tembloroso y angustiado en la cocina el encendedor para prender la estufa y poner a tibiar agua a las dos y media de la mañana.
Alistar la bañera y meter ahí al niño que no para de llorar y bañarlo poniendo voz de dibujo animado idiota para distraerlo mientras esa operación hace efecto y la fiebre le baja tampoco me es desconocido.
Esas madrugadas eternas que el bebé no recordará y que yo no podré olvidar son mías y son la vida detenida y sin aliento en mí.
La manta limpia perdida y el taxi que no aparece, la espera en urgencias del hospital y el médico diciéndome indiferente que no es nada como si eso pudiera tranquilizarme.
Yo desestimando el diagnostico del hombre que sabe porque el bebé sigue llorando y yo no sé qué hacer. La angustia, esa angustia no la tengo que imaginar.
Cuántas veces se irá a morir trágicamente ese médico en mis sueños sin que lo sepa todavía durante años y años que vendrán.
Pensé en todo eso ayer cuando me dijo una amiga que me falta mucho para saber lo que es estar vivo, que tengo que ir a concierto y viajar.
Qué le iba a decir, le dije que sí, que seguro un día saldría de mis resignaciones y me arriesgaría.
No le iba a decir que uno siente que la vida se va cuando el bebé esta enfermo y que vuelve con más fuerza cuando de nuevo sonríe, como si eso fuera excitante, como si de eso se tratara estar vivo.

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