En entrevistas oigo decir a algunos que escribir ese prólogo fue un honor, y bueno, si los escritores no fueran casi indigentes que mendigan premios y trabajitos chimbos en universidades y hasta en la prensa, yo hasta creería en el honor, pero no, el prólogo es un trabajo, otro trabajo.
Tampoco debe faltar el escritor que lagrimea de emoción al ver su nombre de prologuista escrito en la cintilla de la edición conmemorativa de algún libro de escritor inalcanzable que seguro siempre le dijo no al trabajo de escribir prólogos.
Una vez leí en la calle una frase pintada en una pared que decía: "todo me male sal" y esa resuena más en mí que todas las frases del prólogo que escribió Borges para La invención de Morel y cuando vuelvo a leer esa novela me saltó el prólogo porque me interesa la novela.
Lo prólogos deben ser algo así como la rayuela, están hechos para saltárselos, a Cortázar seguro le encantaban los prólogos. Nadie compra un libro por el prólogo, si fuera así, la editorial sacaría dos tomos y en uno vendría solo el prólogo y en el otro la novela o los cuentos o ensayos o poemas o lo que sea.
Escribir prólogos para vivir y encargar prólogos para vender libros que igual se vendería sin ese texto de presentación o introducción.
Un prologo se puede remplazar con toda eficacia por la fotografía de unas tetas o de una verga, de gatos pequeñitos o un burrito bebé. La huella de carbono de los prólogos es evitable como lo es la huella de esta ocurrencia o este blog.
Perdón Gaia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario