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Néstor terminó de organizar las sillas en un pequeño círculo, las limpió con un trapo que luego tiró a un balde con agua, se cambió de ropa y se sentó a mirar las manecillas del reloj de pared esperando que dieran las siete de la noche. Permaneció sentado y atento, a las siete y cuarto empezó a recoger las sillas, las acomodó una sobre otra y las llevó a una esquina de la habitación. Néstor y el total de los residentes hacían lo mismo todas las noches. El administrador del lugar lo llamaba el ritual de la esperanza. Néstor en secreto lo llamaba el ritual de las patas que no se movían.
Néstor terminó de organizar las sillas en un pequeño círculo, las limpió con un trapo que luego tiró a un balde con agua, se cambió de ropa y se sentó a mirar las manecillas del reloj de pared esperando que dieran las siete de la noche. Permaneció sentado y atento, a las siete y cuarto empezó a recoger las sillas, las acomodó una sobre otra y las llevó a una esquina de la habitación. Néstor y el total de los residentes hacían lo mismo todas las noches. El administrador del lugar lo llamaba el ritual de la esperanza. Néstor en secreto lo llamaba el ritual de las patas que no se movían.
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